Embrujado era el aspecto de ese cielo de visos púrpuras, fríos como el hielo, divisado tras los picos ennegrecidos que sostenían el gótico y espeluznante castillo.
Allí me pareció escuchar las risas sarcásticas, el gritar de los crueles bufones, el susurro de las cortesanas, los pasos cautos del brillante asesino y los ronquidos del rey al que el tedio ha roído. Pero lo que más me causó curiosidad y admiración fue la ventana en la torre más alta que sobresale del murallón. Allí, como una aparición majestuosa, veo tu pálido rostro con la mirada perdida en el cielo, y sobre el marco recostados los codos,
Iluminando tu blanca faz las estrellas y la luna llena mientras el viento mece tus cabellos de seda, pensando con dulzura y romanticismo quién será el hombre que mira desde afuera del lienzo, y que, fascinado por tu belleza, suspira.