Desde las frías alturas de las colinas grises veo bajar a medianoche a la bruja bordeada de una blanca y fría bruma que se abre a su paso como espantada cual telaraña de insectos malignos rota por una poderosa presencia. Y canta horrendas y oscuras letanías sobre niños tristes y calderos hediondos, y sobre alguna horca o alguna hoguera de la que escapó con heridas horrendas. Y a rastras trae el cuerpo de un infante con los huesos destrozados y flácida la carne mientras deja un rastro rojo en el pasto y mancha las flores con un gran desagrado. ¡Esa maldita bruja que baja de la colina ha vuelto a cometer sus oscas fechorías! ¿Quién sabe de qué aldea cercana ha robado ese bulto que arrastra, que antes era humano? ¡¿Cuántas veces hemos de lincharla y quemarla?! Estamos cansados de ver su horrible rostro a la luz mimbreña de las lámparas danzantes al tiempo que nos lanza esa podrida risa triunfal. Y la infame Muerte parece ignorarla siempre, mientras ella se regodea de amar al macho cabrío y de servir bajo la luna a Satán Trismegisto. ¡Oh vieja maldita, espero que te conviertas en alimento de los zapatos de todos los aldeanos antes que tu caos vacíe otra cuna inocente!