En el oscuro pozo se escucha el gorgoteo donde la luminosidad no alcanza a llegar y los oscuros horrores se esconden en el fondo como agazapados por voluntad. Allá abajo, invisible pero audible se esconde el monstruo, en el fondo, atento a que los ojos inmolen otra atención y poder trepar del hueco, veloz y feroz. Y así bajar a la aldea a devorar niños y niñas, triturar pequeños huesos como bambúes, liberar ese hediondo aliento de vapor rojo y saciar su sed con besos de muertos azules. Y cuando toda la atención del pueblo se enfoque, olvidando los pederastas y los blasfemos, todos los aldeanos irán en busca del monstruo. Pero ninguno se atreverá a bajar al pozo a matar la bestia que ellos liberaron pues el crujir del festín los espantará.