Errante en la noche, entre lagos transparentes, miro alrededor la tierra fría e infinita, chapoteada de algunos árboles sin hojas con ramas nudosas como dedos de ancianos. Y al fondo del camino se elevaba el templo de columnas grandes y ventanas negras como ojos horribles que miran hacia adentro y mantienen ocultos maleficios antiguos. Al entrar al tenebroso edificio veo por fin un culto enfermizo creado por acólitos que ponen como deidad tu imagen y te veneran como un objeto singular. ¡Qué náuseas me dan esos rituales! Una sensación de miedo y asco a la vez. Adolescentes pálidos y viejos hediondos gritan: ¡Cuide Dios de ella, de todas la más bella! Y mientras yo veo esos miedosos rituales tú duermes plácida en tu cama, ignorante del mundo oscuro que veo, soñando feliz con cuentos de hadas.