Una abultada tiniebla se esparce sobre mi triste mundo adormecido, mientras pido todavía que seas mi reina, ¡oh tú, doncella de hilos fríos!, de la que poco a poco me gano el desprecio. Así que, vencido el cráneo por el orgullo, busco en vano un cielo líquido que no alcanzo; y por lo mismo, amargado y vencido, me regalo a la bohemia y a la miseria, llenándome de caricias sucias y cántaros de vino.