Afortunado yo que, bajo el crepúsculo dorado y rojo, peino tu cabello y me pierdo en tus ojos. Afortunado el árbol que, amparándonos con sombra y calma, disfruta de tu cuerpo tendido en sus ramas. Afortunado el viento que, llevando con él dulces fragancias, acaricia tu rostro y calma mis ansias. Afortunado el río que pasa cerca, azulado, siseante y puro, y que nos refresca y arrulla con su susurro. Afortunadas las hojas que descansan en tu regazo, mientras nos entrelazamos las manos, mientras llega la noche de plata, abrazados como estatuas blancas, mirándonos con amor a la sombra del árbol.