En Troneras todos recordaban el entierro de Juvenal, pero la duda radicaba en si esa era la primera o segunda vez que lo enterraban. Esta confusión se presentó por un extremo y horrible ejemplo del Efecto Mandela. Para quien no esté familiarizado con el término, el Efecto Mandela corresponde a un efecto psicológico mediante el cual un enorme grupo de personas comparten un recuerdo falso, un evento que nunca ocurrió o se tergiversó. Este efecto toma su nombre por el célebre Nelson Mandela. Muchos recordaban la muerte de Mandela en prisión, pero él murió en 2013 y no en cautiverio. Es, en otras palabras, una confabulación colectiva.
Esta historia cobra vida por el retorno del viejo Juvenal a Troneras, un pequeño pueblo del altiplano. Su aparición causó gran conmoción, pues en el pueblo muchos decían que Juvenal había muerto años atrás, atropellado. Recordaban haber visto su cuerpo en una zanja cerca de las fincas aledañas. Algunos otros afirmaban haber visto la noticia en periódicos locales. Incluso, una antigua amante de Juvenal aseguraba haber ido a su tumba y llorarlo allí. No había persona en Troneras que no recordara la muerte del viejo borracho.
Pero la versión de Juvenal era muy diferente. Después de la partida de sus dos hijos hacia los viveros del interior, y con la pérdida de su esposa a causa de la enfermedad, Juvenal Díaz entró en una gran depresión. Su vida humilde de arriero se limitó a la soledad, a comer por comer y a dormir por dormir. En menos de dos años había pasado de tener una familia amorosa y unida a tener un espacio solo y enorme, gobernado por el silencio y la indiferencia. Pasó de la calidez y el bullicio de las reuniones familiares a un vacío casi tan profundo como el frío universo.
Entonces, intentando llevar a cabo un nuevo inicio, decidió ir al pueblo de Sural a trabajar a una finca cafetera (o eso afirmaba él), pero dijo que el capataz lo había expulsado de la finca por un altercado referente a una gallina. Así que había vuelto a su natal Troneras a atiborrarse de alcohol para pasar los tristes días. Era, sin duda, una explicación plausible.
A este extraño caso se le debe sumar la volatilidad de los recuerdos, pues la memoria humana no es fiable. A menudo, muy a menudo, la mente llena vacíos con información semejante para calmar su necesidad de cerrar una historia (por lo mismo, los finales abiertos en los libros causan tanta incertidumbre y, a la vez, permanencia). Los supuestos testigos empezaron a contradecirse: unos aseguraban que un Jeep había atropellado a Juvenal, pero otros afirmaban que había sido una moto, y otros, en menor cantidad, recordaban un camión.
Y también eran difusos los recuerdos del sepelio, pues unos decían que había sido un sábado, pero otros decían que habían asistido en su día libre, por lo que debió llevarse a cabo un domingo. Todo esto irritó los exasperados nervios de los pobladores, quienes no se sentían cómodos admitiendo errores.
Se buscaron las noticias en los periódicos que informaban sobre la muerte del anciano, pero no se encontró ninguna; y se llevó a cabo una búsqueda de la lápida, palmo a palmo, sin éxito.
Tampoco había registro de su muerte en la notaría. La llegada de Juvenal despertó en todos confusión y asombro.
Todas estas pruebas deberían haber sido suficientes para que el pueblo siguiera con su rutina. Pero la verdad no siempre llega a oídos prestos y a las mentes abiertas. Al sumarse a la incomodidad cierto fanatismo y algo de superstición, puede formarse una mezcla venenosa que busca, a toda costa, deformar la verdad si no se acomoda a los deseos de la masa.
Aunque los primeros días se tomó como válida la explicación del estrafalario Juvenal, en Troneras (al igual que en cualquier pueblo pequeño) se acumulaban los rumores. Algunos empezaron a decir entre susurros que toda aquella situación no era más que una obra demoniaca, y que Juvenal sí había muerto años atrás. Decían que quien estaba en el pueblo no era Juvenal sino un demonio que había tomado su forma. Esos rumores empezaron a multiplicarse y deformarse hasta convertirse en la famosa doctrina nazi de Joseph Goebbels: «Una mentira mil veces dicha se convierte en una gran verdad».
Otro ingrediente que atizó la tragedia fue la innoble actitud de Juvenal. El septuagenario vivía casi en la indigencia, olvidando el hambre y el dolor por medio de los espíritus del alcohol. Embriagado durante casi todos los días, el viejo discutía a menudo con los pobladores. Algunos podrían afirmar que es el «karma». Sin embargo, el karma para este caso no debe ser tomado como una justicia divina, sino como un cierre de puertas. El mundo es de probabilidades, y quien abre puertas tiene menos probabilidad de encontrarse con una puerta cerrada en su retorno. Por el contrario, quien hace daño a muchos incrementa la posibilidad de que alguien, en pos de una venganza, le devuelva el golpe.
Un aspecto desaseado, un olor a orina, una actitud peleonera y un rumor religioso fueron suficientes para desencadenar los sucesos de aquel Día de la Madre. Juvenal se encontraba, como era costumbre, sentado en las escaleras exteriores de la iglesia. Ya había gritado a dos mujeres sólo momentos antes de injuriar a Ludovico, un campesino que había estado trabajando toda la mañana y que, para su disfrute, había bebido algunas cervezas.
El cruce de insultos empezó a subir de tono. Ludovico, borracho, se lanzó al anciano con puños, eufórico. Y después de algunos golpes de ida y vuelta, Ludovico lanzó las frases que desbocaron el inquieto deseo de los habitantes de Troneras.
—¡Debería irse al infierno, demonio! Ya todos sabemos que usted es un demonio, y que el verdadero Juvenal se murió en la zanja años atrás. ¡Usted no es Juvenal! Al grito se unió otro hombre, también borracho, que dijo:
—¡Demonio, largo de aquí! El segundo hombre unió fuerzas con Ludovico, y empezó a golpear a Juvenal. El pobre anciano ahora era superado en número y en fuerza. Y a los dos hombres se unió una mujer, que incitaba a la golpiza.
—¡Maten a ese demonio! —gritaba frenética y de manera repetida. Entonces llegaron dos hombres más, esta vez sobrios, y se unieron a la gresca. Y llegó una mujer con una escoba para dañar a Juvenal, que ahora rogaba que no lo golpearan más. Para ese momento, el viejo ya estaba desorientado, sudando y cubriéndose la cabeza con sus frágiles y rotas manos. La frente le sangraba y las costillas le dolían.
Y se unieron más manos de un primitivismo salvaje, adoctrinadas y espoleadas por la incomodidad causada por ver allí a un hombre a quien daban por muerto hacía años. Los gritos se unieron hasta formar ruidos indescifrables, las campanas sonaron con un repicar espantoso y metálico, el calor se fundió con la sangre, y los golpes cada vez eran más severos, pues quien los propinaba era consciente de que las consecuencias no se materializarían; pues si todos cometen el mismo pecado deja de ser pecado. Y apareció un cuchillo entre aquellas indolentes manos, además de varios machetes. Hasta que todo se redujo a un enjambre zumbante de emociones terribles.
En sólo unos caóticos y mortales minutos, lo que había iniciado como un cruce de insultos ahora era una verdadera desdicha. El cuerpo linchado permanecía tendido y desfigurado sobre las rojas escaleras, a la vista de personas que ahora sentían un poco más de paz en sus mentes. Los miedos azarosos habían desaparecido, mientras el hombre al cual tildaban como «demonio» yacía desgonzado bajo el día caluroso.
Las autoridades no capturaron a nadie por el asesinato. El sacerdote del pueblo dio un sermón sobre la tolerancia y el castigo divino que cae al homicida; pero en secreto se sentía satisfecho (pues también pensaba que Juvenal había vuelto de entre los muertos). Y al entierro del viejo nadie asistió.
Pero las consecuencias se vieron con las nuevas generaciones. Troneras se volvió un nombre censurado y terrible, pues los medios de comunicación mostraron la noticia del linchamiento como un acto de intolerancia perpetrado por unos devotos locos. Los hijos de quienes mataron a Juvenal negaron sus orígenes, y emigraron a las grandes ciudades, abandonando y olvidando a sus innombrables familiares. En menos de cincuenta años, Troneras se vació y se convirtió en un pueblo fantasma, borrado de los mapas y sólo recordado por el infortunio de Juvenal; un hombre cuyo único pecado fue haber buscado un nuevo comienzo y volver a su hogar... un acto obvio si no se tienen más opciones.