Me encantaría iniciar este escrito evocando erráticos recuerdos, historias que poco se asoman en la memoria; pero, para mi pesar, no es este el caso. Tales recuerdos vienen nítidos a mi memoria como el agua de un manantial, sin importar que hayan pasado algunos años desde aquellos acontecimientos terribles de ese mes de octubre. Aunque compramos la casa en el mes de mayo, fue en junio cuando el terror arribó con sutileza infernal, y fue en octubre cuando por fin abandonó las paredes con huella firme e indeleble, permitiéndonos vivir finalmente a mi esposa y a mí una existencia casi normal.
Nuestro sueño como pareja siempre fue vivir en un barrio de casas bonitas, de vecinos amables y bellos prados. Por lo que después de la venta de una casa que había heredado logramos mudarnos a una hermosa casa al norte de Bogotá, a unas pocas calles del Country Club. Allí abundan los árboles de flores amarillas y brillantes, y los arbustos de flores púrpuras trepan las rejas de las hermosas edificaciones blancas. Al mudarnos sentimos una descarga de felicidad y satisfacción.
No obstante, el interior de la casa contrastaba con los vívidos colores de los jardines podados del rededor. Aunque el exterior era blanco y opulento, el interior era frío, húmedo y silencioso, como si dentro del hogar se levantara un aliento miedoso que se esparcía como el éter. Incluso después de la mudanza, el calor de hogar no lograba colarse en los recintos, más aún en el estudio. Allí el ambiente era siniestro, opresivo e irritante. No había explicación alguna, simplemente rondaba por aquella habitación un aura rancia y molesta.
Los primeros meses, sin embargo, fueron de euforia y alegría. Una pareja acabada de casar y con el hogar soñado… no era para menos. La adaptación de la convivencia fue fluyendo con extrema facilidad, y nos adaptamos rápidamente a una rutina juntos. Pero por la noche, cuando bajaba al estudio para escribir, un escozor me rozaba los brazos y la espalda, semejante a un hálito sutil que acariciaba mi alma desde un mundo lejano y perverso.
Como mencioné anteriormente, la primera manifestación se dio en junio. Como es ya de suponer, fue en el estudio, mientras ejercía mi pasatiempo de escritura y sentía el abrupto descenso de temperatura. Lo escuché claro tras la pared. No mentiré al decir que la lógica me dictó que era alguna alimaña, quizás alguna rata. No, estaba seguro de lo que había escuchado: eran rasguños, arañazos sonoros que provenían del interior de la blanca pared a mi izquierda. No me convencí de este suceso por mi fascinación al terror, simplemente tengo una poderosa confianza en mis sentidos. Sabía lo que había oído, por lo que fui de inmediato a contarle a mi esposa. Micaela me miró con detalle, mientras que empezaba a sugestionarse con mi relato.
—¿Estás seguro? —me preguntó con voz quebrada mientras su rostro mostraba tintes de temor. Ella también sentía el extraño ambiente en el interior de la casa, por lo que no le costó mucho creerme.
—Estoy seguro, hay algo entre las paredes del estudio —respondí con vehemencia mientras mi corazón palpitaba con tal fuerza que casi presionaba mis costillas.
Sólo dos días después volví a escuchar ese terrible sonido. En esta ocasión sentí más temor, pues era la dura confirmación de mi delirio. Mi corazón se estrujó como un envoltorio al escuchar las uñas contra la pared, y mi valor se acurrucó a tal punto de obligarme a dejar mi escritura y subir a mi cuarto, pálido del miedo. Micaela lo notó de inmediato.
—¿Sucedió de nuevo? —me preguntó con los ojos cafés bien abiertos. Yo asentí, al tiempo que me limpiaba el sudor de mi frente con la mano.
Pasaron los meses, y el terrible tormento que rondaba el estudio pareció empezar a jugar la carta de la aleatoriedad, valiéndose de la incertidumbre y, por lo mismo, infundiendo todavía más miedo. A veces lo escuchaba y a veces no. A veces era fuerte y a veces débil. A veces duraba mucho y a veces era un leve toque que bordeaba lo onírico. A veces venía con un olor extraño, a veces con un vapor frío. Siempre que esa terrible manifestación empezaba, apagaba el computador y subía a mi cuarto con la firme intención de «intentar» dormir.
La vida continuó con cierta tranquilidad, hasta lo ocurrido en octubre. Llovía a cántaros esa noche de lunes. Los sonidos en las paredes habían cesado durante las últimas dos semanas, por lo que había olvidado momentáneamente esos tremendos maleficios. Pero de repente, mientras escribía, la pared recibió un golpe desde su interior, cual ariete medieval. El golpe fue tan fuerte que los dos cuadros colgados en la pared se sacudieron hacia afuera, casi saliéndose de las puntillas. Quedé pasmado, mudo, sin poder moverme. Mis músculos se tensionaron por completo, dejándome al mismo nivel de una estatua de carne. Miré lentamente la pared, pero sólo escuchaba la lluvia golpear contra los cristales. Pasaron algunos segundos que simularon el infinito, hasta que tuve el valor y la fuerza para moverme. Me levanté de la silla y me alejé con cautela hacia la puerta, examinando con una mirada inquisitiva toda la pared, palmo por palmo. En ese instante vi una pequeña fisura al costado derecho de la pared; era delgada, pero lo suficientemente espaciosa para introducir mis dedos. Entonces tuve una idea que me pareció válida… y que resultó darme la evidencia del horror.
Subí a mi habitación y tomé mi móvil. Micaela luchaba contra el sueño mientras veía televisión, por lo que no notó mi rostro carente de valentía y mi respiración exagerada. Bajé de nuevo e introduje mi celular en la grieta. Mi intención era ver qué había en los muros. Al principio pensé en la cámara delantera para que me sirviera como espejo, cual Perseo contra Medusa; pero la cámara delantera no tiene flash, por lo que nada era visible. Entonces se me ocurrió otra idea: tomar una foto con la cámara trasera del móvil. Volteé el celular y tomé la foto. Apenas la vi noté mi falla: no la tomé con flash, por lo que la foto era un simple recuadro negro. Fue el temor lo que me hizo cometer ese error tonto; y sé que fue el temor porque en verdad tenía miedo, miedo de afirmar lo que ya creía. Así que activé el flash y tomé otra foto.
Fue una visión cruda y tan impactante, que emanó de mi alma una gran cantidad de estremecimientos. Mi cuerpo tembló al punto de impedirme sostener el móvil, dejándolo caer al suelo. El temor se derramó por la estancia, asfixiándome con un trastorno asolador. Levanté de nuevo el móvil, intentando amarrar la poca razón que me quedaba en el cráneo, y miré de nuevo la foto, esa foto que aún tengo guardada y que, según los metadatos, fue tomada el lunes 9 de octubre a las 9:43 pm… un día lluvioso.
Entre las paredes, en un espacio de quizás un metro, había, inequívocamente, un niño. ¡Sí, un niño! Un niño sombrío, endeble, aterrorizado, inmundo. Estaba agazapado y aprisionado entre los muros. Era de piel lívida y ojos perlados a causa del flash. Miraba fijo a la cámara, aunque el ángulo estaba a ras del suelo. Y su mirada parecía lanzar un clamor horroroso y desesperado. Semejaba a una débil criatura que avergonzaba a su familia y que, durante mucho tiempo, para ocultarlo del mundo, había sido emparedado en ese oscuro lugar, como un castigo a un pecado desconocido.
Todo esto me lo dijo la fantasmagórica foto que miraba en el móvil. Al tiempo, imaginé su voz aguda, cansada, temerosa y quebrada. ¡Dios todopoderoso, había un niño espectral en el interior del muro! Unas paredes donde las brillantes sonrisas daban paso a pavorosos gritos y desesperados rasguños.
Subí a zancadas para contarle lo ocurrido a Micaela. Pensé en ayudar al niño, pero el pánico me venció. Cuando el miedo gobierna el espíritu, tendemos a refugiarnos en quien más amamos y donde más nos sentimos seguros. Por eso mismo los criminales tienden a esconderse en sus casas después de sus fechorías; y por eso mismo subí para refugiarme en mi amada esposa. Ella ya estaba dormida cuando llegué desbocado para comentarle lo sucedido.
—¡Micaela, hay algo entre las paredes! —le dije apresurado—. ¡Ven, baja conmigo! —añadí mientras tomaba su móvil. Ella, aún sacudiéndose del abrazo de Morfeo, bajó con torpeza mientras me seguía. Apenas estuvimos en el estudio le pasé su móvil y le pedí que tomara una foto con flash por entre la fisura, tal y como lo había hecho instantes atrás. Ella, sólo por deshacerse de mí, me hizo caso. Pero apenas miró su móvil su sueño se sacudió y fue arrojado lejos de su cuerpo. Los colores de su rostro retrocedieron y sus ojos se abrieron con reflejos vidriosos.
—¿Lo viste? —le pregunté. Y ella asintió, enmudecida.
—Está allí, de pie, quieto —dijo casi en un susurro, como si no quisiera que el emparedado nos escuchara.
—¿Qué hacemos? —pregunté, atónito. Ella meneó la cabeza, incapaz de articular una respuesta plausible. Entonces me llené de valor, y me dirigí al niño:
—¡¿Estás bien?! —pregunté muy cerca de la pared. Sólo silencio. Así que volví a poner el móvil entre la grieta y tomé otra foto. Y, para sorpresa de ambos, ya no había nadie al interior de las paredes.
Aquella noche se alargó más de lo normal, como si el sol se rehusara a iluminar y espantar nuestra miseria. Por horas, una terrible jaqueca cargada de temores aplastó nuestras sensibles cabezas. No dormimos durante toda la noche, pero tampoco hablamos a detalle de aquel terror que rondaba el estudio. Nuestro único consenso fue llamar a Alberto al día siguiente para que revisara la pared.
Alberto es un buen amigo de la familia, además de ser un excelente exterminador. Lo llamamos a primera hora para pedirle su ayuda con una «alimaña». La vergüenza y la duda de ambos nos impidieron revelar el verdadero motivo de la solicitud. Él, muy diligente, nos aseguró que esa noche iría a nuestro hogar con algunas herramientas para ayudarnos.
Y así lo hizo. Alberto llegó en horas de la noche y en medio de una llovizna, equipado con algunas herramientas para cazar ratas y matar insectos. Fuimos directamente al estudio y le mostramos la pared.
—Hemos escuchado algunos ruidos, por lo que creemos que hay algo en los muros —le dije mientras miraba a Micaela. Ella me devolvió una mirada temerosa y cómplice. Casi al tiempo, un rayo rompió las nubes y su trueno sacudió las empañadas ventanas.
—Ya resuelvo este tema —dijo Alberto, inocente de los horrores que nosotros habíamos vivido sólo un día antes. Por la misma fisura por donde habíamos tomado las fotos, Alberto ingresó una pequeña cámara para ver qué había entre los muros. Esperamos atentos y ansiosos. Pero Alberto nada decía.
—¿Lo encontraste? —pregunté con doble sentido, esperando que Alberto gritara a causa de la sorpresa. ¿Cómo no iba a gritar al ver el niño de ojos blancos entre las paredes? Pero él, severo, negó con la cabeza.
—No veo nada extraño —respondió entre el monótono sonido de las gotas. Micaela me miró y, de manera inconsciente, miró de nuevo su móvil, convenciéndose de que todavía tenía su foto y de que lo que allí se reflejaba era espantosamente real. Yo tragué saliva y seguí esperando; pero pasaron los minutos, y Alberto no encontraba nada. Sacó la cámara de entre los muros y tomó otra cámara más pequeña y de mayor alcance, prensada a una sonda delgada. La ingresó y continuó su búsqueda.
—¡Eureka! —exclamó pocos minutos después. En ese momento otros dos rayos azotaron el cielo nocturno y brumosos. Aunque su expresión me sacudió, en verdad no era la reacción que esperaba. Yo esperaba que Alberto se petrificara del temor cuando encontrara al niño; pero ese «Eureka» era vivaz, casi alegre.
—¿Lo encontraste? —volví a preguntar de manera tramposa.
—No encontré el ratón, pero encontré algo —respondió un poco desconcertado, mientras tomaba un gancho para arrastrar lo que había encontrado. Estuvo trabajando con el gancho entre esa pequeña abertura por casi media hora y bajo el monótono sonido de la lluvia, hasta que finalmente sacó cuatro objetos de entre las paredes: El primero era una camisa roja hecha trizas, sucia y comida por las polillas. El segundo objeto era un pantalón roto de talla pequeña. El tercer objeto era un pedazo de pan mohoso y duro. Pero el cuarto… el cuarto objeto era el más siniestro: Era una foto en sepia de una familia, el padre, la madre… y el niño. Era inequívoco.
Mi esposa, al mirar la foto, casi se desmaya. Fue notoria su baja de presión, al punto de derrumbarse entre mis brazos. Alberto se apresuró a ayudarme, y entre los dos logramos sentarla en el sillón del estudio.
—¿Qué sucede con esa foto? —me preguntó Alberto, afanado—. Se notó el miedo en ambos apenas la vieron. Pero yo cambié el tema, y por medio de mentiras y formalismos, logré que Alberto abandonara la curiosidad y se fuera (no sin antes darle un muy buen pago por su trabajo).
No le contamos a nadie sobre nuestras fotos. Sólo hasta este momento que escribo nuestra historia doy a conocer tan espeluznante experiencia. ¿Por qué no fuimos sinceros con Alberto ni con nadie? Sencillo: presión social. ¿Quién creería tan inverosímil y tenebrosa historia? Aunque publicáramos las fotos, la primera tendencia sería el descrédito. Los escépticos dirían: ¡Son falsas! ¡Son un montaje! ¡Quieren llamar la atención! A mí me tildarían de mentiroso que quiere causar polémica para vender sus libros de terror. A Micaela la acusarían de «loca». No hay cárcel más inquisitiva que la mirada ajena. No podíamos ganar fama de locos en nuestro nuevo barrio, en nuestra nueva comunidad. Lo mejor fue callar.
Y, sin embargo, lo más increíble es que el horror no termina con la foto que encontró Alberto. La comunicación es esencial en una relación, pero Micaela y yo fallamos de una forma catastrófica durante ese octubre, pues nuestra comunicación se vio afectada por el miedo, la esquiva razón y el recelo a reafirmar nuestros más profundos presentimientos.
Al día siguiente, con más calma, Micaela y yo examinamos la vieja foto de la familia: parecía tener décadas. La examiné profundamente, mirando con detalle las facciones del niño: El cabello arremolinado, las pecas, la piel pálida, la contextura delgada. Y dije:
—Aún no lo puedo creer. Estoy seguro de que es él. Micaela, que también clavaba la mirada en la foto, asintió.
—Sentí terror al verlo; pero también estoy segura de que es él.
—¿Quién sabe qué malignos designios llevaron a la decisión de emparedar a ese pobre niño? —me pregunté.
Entonces sentí la vibrante mirada de Micaela sobre mi rostro. Devolví su mirada, extrañado. Tenía un brillo de incertidumbre que de repente me contagió. Entonces cruzamos miradas por unos instantes, cargadas de miedos furtivos. No nos decíamos ni una sola palabra, pero la expresión en sus ojos me indicaba el nervio de su espíritu.
Procedí a mostrarle la foto de mi móvil. Allí estaba el niño, apretujado y mirando la cámara del celular, incómodo y temeroso entre los muros. Y ella, en silencio, sacó su móvil con su mano temblorosa y me mostró su foto. Ambos habíamos asumido que habíamos visto lo mismo; pero asumir es el peor de los errores. Nunca le mostré la foto del niño, y ella hasta ahora me mostraba la foto que había tomado.
No era un niño lo que ella había capturado en su pantalla; por el contrario, estaba lejos de serlo. Era un hombre, indigno, cadavérico, que permanecía de pie con la huesuda frente contra la pared, incapaz de moverse por la estrechez. Vestía la camisa roja que Alberto había sacado por la fisura de la pared, y, por su color de cabello era obvio que era el rígido cadáver del padre de la fotografía.
Me sentí aterrado hasta el fondo de mi alma. Un silencio perturbador nos invadió mientras cada uno miraba la foto del móvil del otro. Los pensamientos se nos revolvieron, mientras intentábamos explicar lo ocurrido esa lluviosa noche entre los muros de nuestro estudio. ¡¿Qué se puede hacer?! ¡¿Gritarles a las paredes o demoler los muros?! ¡¿Llamar a emergencias o vender la casa de nuestros sueños?!
Mi curiosidad, ya agotada, cayó presa del hastío, incapaz de despertar unos ojos ávidos de alevosía. En cambio, mi amada Micaela, que es curiosa y detallista en demasía, me hizo una pregunta que acabó con la poca lógica que me quedaba:
—¿Y dónde está la madre?
Después de botados los objetos a la basura los eventos paranormales cesaron de inmediato. La casa pareció respirar un aire limpio y ameno. Las flores en los materos florecieron con colores lustrosos, y el calor de hogar finalmente invadió cada rincón de la casa, al tiempo que el miedo se agazapaba entre las paredes hasta desaparecer por completo. Ni rasguños ni golpes volví a escuchar en el estudio; pero el recuerdo de esa experiencia aún permanece latente en mi mente, una experiencia de siniestras voluptuosidades que creo difícilmente podré olvidar.