Volver a la torre

El hacedor de tormentos

No me Dejes Solo

La palabra «horror» es, en promedio, una palabra mal usada. Es muy fácil emplearla desde la comodidad del hogar, detrás de una pantalla y con un café caliente en la mano. Muchos la utilizan con desidia, sin profundidad ni orden; pero yo, que viví y sufrí esa noche de luna llena, la utilizo con temor y singular cuidado. Igual que Guy de Maupassant en su cuento «Lo horrible», yo cuido con recelo el significado de esa palabra, pues siempre que la menciono azuzo los terribles recuerdos de mi cráneo, reviviendo esa experiencia vibrante e hiriente; una experiencia que partió en dos mi ya frágil y enfermo espíritu. Esa traumática anécdota puedo resumirla en cuatro palabras: «No me dejes solo».

De pequeño ya manifestaba ciertos pensamientos ulcerados. Tenía ideas gobernadas por entidades invisibles que atormentaban un alma noble. La fascinación con la muerte causaba en mí extraños paroxismos, que con los años se volvieron un éxtasis culposo que no podía compartir con nadie. Esos deseos enfocados en las calaveras, las carnes y la sangre eran un tabú que debía callar para no ser juzgado. En la adolescencia pensé que era sólo una etapa, un instinto de irreverencia juvenil que pasaría con el tiempo; pero los años y la madurez no limpiaron esos gustos histéricos que me producía el ocaso de la vida que a menudo queremos esconder. El ver marchitar las flores, pudrirse los cuerpos y limpiarse las osamentas causaban en mí un palpitar acelerado. Era una sensación semejante a la experimentada por el adicto.

Pensé que esos ilícitos placeres quedarían para siempre detrás de mis dientes, hasta que conocí a Jaime, un joven delgado de cabellos negros que trabajaba gustoso en el crematorio que se encontraba cerca de la iglesia. Por azares del destino nos conocimos. La muerte de una tía y su posterior cremación me mostró una imagen familiar, una mueca que yo mismo conocía con lujo de detalle. Jaime, ubicado en un rincón del recinto, abrió los brillantes ojos y lanzó una sonrisa de tonos macabros cuando el ataúd de mi tía ingresó al vetusto horno. Su timidez desapareció durante ese momento, y una alegría rosada coloreó su blanco rostro, mientras sus oídos, al igual que los míos, creaban sonidos crepitantes que en verdad no existían. Supe entonces que había encontrado un alma gemela, un espíritu igual de atormentado. Sólo bastaron días para hacernos amigos inseparables. Con cada conversación, sentía que por fin alguien me entendía sin sentencia alguna. Por el contrario, sentí que Jaime y yo compartíamos un lazo oscuro que no pude explicar.

Jaime había tenido una infancia compleja. Había sido abandonado por su madre en un basurero, y fue salvado por la policía de infancia y adolescencia. A diferencia del pensamiento generalizado de niños abandonados y problemáticos, fue a un orfanato y no presentó problema alguno. Se comportó siempre de manera adecuada, sacó su bachillerato adelante y consiguió el trabajo en el crematorio apenas cumplió la mayoría de edad. Pero me confesó que desde niño fue un amante de lo incómodo, de lo oscuro y lo risible. Su acercamiento con los muertos fue un catalizador que desbocó su sed extravagante.

Su amistad me abrió las puertas a placeres horrendos. Tuve acceso a los agrios cadáveres, a los fríos ambientes y a la malignidad hecha muerte. Supe pronto que Jaime era incluso más intrépido que yo, pues dormía abrazado a los blancos difuntos, y aprovechaba su posición para detallar cada curva esquelética, cada tendón relajado, cada sonrisa vacía, cada órbita

muerta. Un aura nociva lo arropaba, como si la muerte misma le brindara todos esos negros regocijos.

Una noche me pidió que fuera al crematorio para mostrarme un acontecimiento increíble. Recibí su llamada a eso de las 10 p.m. No era extraño recibir una llamada suya a esa hora, pero que me pidiera que fuera a su lugar de trabajo no era una solicitud común. Sin embargo, la ansiedad de acercarme al umbral de la vida en horas nocturnas me encantó. Quería experimentar esa cercanía con los muertos en horas de la noche, a la luz de la luna y con Jaime como compañía.

Caminé frente a la gótica iglesia, que se levantaba como un soberbio monumento bajo un cielo ennegrecido, y tomé la calle principal hasta llegar al crematorio. Le marqué a Jaime y éste me abrió casi de inmediato, extasiado.

—Debes ver esto —me aseguró notablemente animado, al tiempo que subíamos unas escaleras hacia un segundo piso que tenía prohibido el acceso a personas no autorizadas. Apenas abrió la chirriante puerta, vi un cadáver sobre una mesa fría y larga. Reposaba solemne, como si fuera el causante de idolatrías diabólicas de un culto insano. Me acerqué y vi que su rostro estaba desfigurado, su quijada molida y su nariz fracturada. Tenía varias heridas defensivas en sus quebrados dedos, además de contusiones y marcas punzantes por todo el cuerpo. Era un hombre de estatura media y contextura descarnada.

—¿Cómo murió este pobre hombre? —pregunté con una mueca de asco, mientras examinaba sus cuantiosas heridas.

—Lo lincharon en un pueblo cercano. Fue acusado de raptar a una menor de edad. El cuerpo de la menor fue encontrado en una vereda cercana, y este monstruo permanecía justo a su lado, acurrucado y con las manos ensangrentadas.

—Es en verdad un magnífico espécimen —dije sin pudor, dejándome llevar por esos impulsos animalescos.

—Pero eso no es lo más increíble —dijo Jaime mientras me pasaba una foto, animado, como un niño que presume un juguete nuevo—. Así estaba cuando llegó —me aseguró sin quitarle la mirada de encima al maltratado cuerpo. Miré la foto y quedé petrificado. Al inicio pensé que era una broma, pero al ver el rostro de Jaime supe que hablaba en serio.

—Sorprendente, ¿cierto? —me preguntó con tono extasiado, muy ajeno a la imagen que reflejaba la foto. Mi mano temblaba mientras asía la foto. Un sentimiento de ansiedad y a la vez de temor me abordó por completo, haciendo tiritar todo mi cuerpo.

—¿Hace cuántos meses tomaste esta foto? —pregunté.

—¿Meses? —devolvió la pregunta—. No, mi querido Héctor, fue hace cuatro días.

—No pudiste hacer ese trabajo en tan poco tiempo.

—¿Trabajo? Amigo mío, no he hecho nada. El cadáver ha cambiado solo.

La natura pudre todo con su aplastante poder, por lo que es obvio que los cuerpos muertos empiezan a descomponerse con el pasar del tiempo. El problema en este caso era que el cadáver que tenía frente a mí era, por lo menos, reconocible como un hombre. La foto que Jaime me pasó era un manojo de carne, sangre y fracturas. Una carroña impúdica y grotesca. El cráneo estaba aplastado por completo. Los ojos estaban por fuera de las órbitas, y toda la dentadura estaba quebrada y echada hacia adentro. En cuanto al pecho, estaba abierto de par en par, como diseccionado, y todos los nauseabundos órganos eran visibles, viscosos y rojizos. La foto era simplemente espantosa, al punto que hería la vista.

—¿Me estás diciendo que no has hecho ningún trabajo estético en el cadáver? —volví a preguntar. Y él, con una sonrisa sardónica, asintió.

—El maldito cuerpo se ha estado reconstruyendo solo, cual vampiro inmortal.

Sentí una pesada inquietud en ese momento, como una sombra que cubre el entorno y asfixia la razón. Me separé del cadáver y puse una silla frente a un ventanal que daba a la iglesia. La razón ahora me dictaba que no podía creer tan retorcida historia.

—Mi querido Jaime, no creo que te sorprenda mi incredulidad —dije mientras me sentaba, agotado por la sorpresa. Desde allí, la majestuosa edificación se veía oscura y enigmática, casi sacada de una sacra pintura barroca. Miré el templo, cuan siniestro guardián, y por un momento me perdí en sus penumbras susurrantes, en sus pináculos puntiagudos y en las solemnes cruces que coronaban su campanario.

—Claro que soy consciente de ello. Por eso quiero pedirte un favor enorme: sé mi testigo. Salí de mi letargo y me volteé para prestarle más atención.

—Ven mañana y quédate conmigo todo el fin de semana. Compraremos comida y bebida, y seguiremos la evolución del cuerpo. Verás que no he hecho nada para mejorar su aspecto, y, aun así, el miserable parece estar reviviendo. ¡Imagina que vuelva de la muerte! Podría contarnos cómo es el más allá, qué nos espera, y si nuestra fascinación por la muerte es una desviación o, por el contrario, estamos en lo correcto. Pensé por unos instantes. Ese fin de semana no laboraba, y no tenía planes importantes; por lo que asentí, miré el mutilado cadáver y dije:

—Me parece bien. Que sea un trato.

La noche siguiente llegué al crematorio antes de medianoche. Llevé conmigo un pollo asado y una gaseosa. Jaime abrió la puerta y fuimos directo al segundo piso. Allí reposaba el engendro, silencioso y ajeno al mundo. Me acerqué y vi, con asombro, que la quijada ya no estaba dislocada ni molida. El muerto, aún sin ojos, me lanzaba una sonrisa maligna y vacía, casi perversa, como si supiera los acontecimientos venideros y se burlara de nuestros futuros infortunios.

Decidimos pasar el tiempo en diferentes partes del crematorio. Fuimos a la sala principal donde había un televisor, conversamos sobre la vida y la muerte, y jugamos cartas y ajedrez. Cuando ya asomaba el alba, nos acercamos al cadáver y vimos, prontos a un famélico entusiasmo, que el cadáver estaba en mejor estado. Los dedos de su mano derecha ya no se encontraban fracturados, y todas las falanges ahora estaban acomodadas. Sin embargo, su mano izquierda seguía teniendo dedos apuntando hacia arriba, partidos por completo. Su pecho seguía lleno de moretones y agujeros, y su frente y nariz seguían hendidas.

—¡No lo puedo creer! —dije maravillado—. ¡Es cierto! Parece que se restaura en vez de podrirse. Jaime asintió, satisfecho.

Dormimos durante la mañana del sábado. Estábamos cansados por la noche en vela, por lo que recuperamos algo de sueño. Por la tarde fuimos a comer a un restaurante sobre la plaza central, al lado de la iglesia, y decidimos beber algunas cervezas, a la vista inquisidora de los feligreses. Ya en horas de la noche, la noche en cuestión, decidimos volver para continuar con nuestro morboso estudio.

Era un hermoso plenilunio, lo recuerdo bien. Entramos al crematorio y fuimos de nuevo al segundo piso. Cuando llegamos vimos, para nuestro desconcierto, que el cuerpo seguía igual. No había mejora en su estado. Empero, empezó a desprender un hedor fétido. Sus venenosos vapores empezaron a invadir toda la habitación, por lo que tuvimos que cubrirnos la nariz y la boca. Decidimos salir del recinto por unos instantes, hasta que la peste fuera más tolerable.

Nos ubicamos en la sala de estar y estuvimos allí por horas, entretenidos con conversaciones insulsas y sin sentido. Incluso olvidamos por un momento el muerto en la otra habitación. De repente, como si quedáramos presos a un encantamiento, ambos nos quedamos dormidos, aplastados por el agotamiento. Pero el sueño no era pesado, por el contrario, permanecía consciente. Sabía que estaba dormido, pero por algún motivo indeseable no podía despertar. Tampoco podía moverme, correr o caminar, ni siquiera levantarme. Y, en la oscuridad de mi dañado cerebro, imaginaba cómo el cuerpo al otro lado de esa puerta se erguía, se acercaba a mí con rapidez y me mordía la cara con esos dientes informes y pútridos. Yo gritaba, pero nadie acudía en mi ayuda. Y sentía con enorme suplicio los dientes entrar a mis mejillas, el desgarre de la carne y el goteo de la sangre.

Abrí los ojos, aterrorizado; miré a mi alrededor y vi a Jaime dormido sobre el sofá. Sacudí la cabeza y me apresuré a despertarlo. Pero entonces lo escuché… era inequívoco: un jadeo suave, casi imperceptible, provenía de la habitación contigua. Semejaba un mugido ahogado, como quien intenta gritar mientras se encuentra amordazado. Un frío cargado de terror bajó por toda mi espalda, petrificándome por completo. Intenté agudizar el oído, pero todo era silencio, un silencio atemorizante. Pensé por un momento que lo había imaginado, pero entonces volví a escucharlo, suave pero manifiesto.

—¡Jaime, despierta! —exclamé apresurado.

Mi amigo se despertó aperezado, me miró y casi de inmediato el suave suspiro de ultratumba fue escuchado de nuevo, seguido de pasos lentos y húmedos. Ambos quedamos en silencio, casi escuchando nuestros propios latidos de corazón. Sabíamos que habíamos escuchado. Fueron minutos interminables, mudos y aterradores. Nos mirábamos con los ojos bien abiertos, pero ninguno se atrevía a dar el primer paso. Ninguno quería sugerir lo obvio: correr lejos o entrar a la habitación.

Fue Jaime quien, sin decir nada, se levantó y caminó con cautela hacia la habitación, tomó la perilla, tomó aire, la giró y abrió la puerta chirriante. Entonces ambos lo vimos…

La luna brillaba en todo su esplendor, y colaba su luz de plata por el ventanal que daba a la plaza principal. Allí, tras el límpido vidrio, la vigilante iglesia se erguía con ímpetu bajo una noche declinante. El amanecer se acercaba, por lo que la campana sonó para llamar a la primera misa. Ese sonido laceró mis oídos y estremeció mi ser. El campanario sacudía con inclemencia su bestial campana y lanzaba al mundo su voz poderosa y broncínea. Y, como si fuera una imagen infernal, el inmundo cadáver permanecía sentado frente al ventanal, bañado por la luz plateada de la luna. Permanecía rígido y miraba fijo el campanario con cuencas sin ojos, inerte, sin palpitaciones ni pulso. ¡Y aún muerto, el maldito había caminado hasta la silla!

Mi cuerpo entero me pedía que corriera lejos de ese lánguido muerto. Mis ojos clamaban que dejara de mirar ese pellejo blancuzco que forraba huesos fracturados y órganos colapsados. Pero mis deseos inverosímiles me mostraban esa tenebrosa experiencia como un sebo irresistible. Ni Jaime ni yo pudimos resistirnos, por lo que nos acercamos para examinar el cuerpo. Era claro que estaba muerto, independiente su posición, independiente su ubicación, independiente lo blasfemo. Soltaba la misma sonrisa maligna, pero su alma no estaba en este mundo. Aún hedía, pero el olor era un poco más tolerable. Ese pálido muerto, aferrado a los reposabrazos, se mantenía tenso, como si estuviera esforzándose por permanecer sobre la silla. Y sus ojos omitidos y mirada inexistente parecían estar atentos a la altiva iglesia allá afuera.

Entonces, cuando la última campanada sonó, el cuerpo se relajó y se derrumbó de la silla. Cayó de lado, como agotado, y chocó con el suelo enlosado, causando un crujido seco y un eco atronador que inundó toda la estancia y terminó de degollar mi valor. No pude aguantar más el miedo, por lo que la náusea subió por mi cuerpo hasta salir por nariz y boca. En ese momento supe el verdadero significado de la palabra «horror». Mi cuerpo empezó a temblar de manera inconsciente, mi frente se empapó en sudor, al igual que mi cabello. Y, sin más, salí corriendo de la sala, bajé las escaleras y salí del crematorio. Escuché gritar a Jaime:

—¡Espera, que esto es algo maravilloso!

Pero yo había tenido suficiente. Mi embriaguez metafísica había terminado. Mi obsesión con la muerte había sido reemplazada por mis ganas de vivir, por mi miedo a lo desconocido y mi instinto de huir de lo que simplemente no puedo explicar. Finalmente se habían quebrado mis nervios.

Llegué a mi hogar y vi tres llamadas perdidas de Jaime. Ya había amanecido, pero yo me encontraba bastante perturbado. Por lo que simplemente apagué el móvil. No quería saber de Jaime, ni del crematorio, ni mucho menos del cadáver linchado. Sólo quería descansar y dormir tranquilo. Intenté conciliar el sueño, pero rodé en la cama por varias horas, hasta que el agotamiento y Morfeo se apiadaron de mi ser.

Abrí los ojos ya entrada la noche. Fui a comer un sándwich y empecé a repasar todo en mi mente: un muerto que se levantó de una losa monolítica para sentarse en una silla. Ese mismo muerto escuchó, casi hipnotizado, las campanas de la gótica iglesia. Una inexplicable recuperación y un pasado enfermizo. ¡Y Jaime! ¿Decidió quedarse allí, extasiado por el suceso? ¿O escapó corriendo, aterrado, igual que yo? Sólo había una forma de saberlo, por lo que encendí de nuevo el móvil. Tenía trece llamadas perdidas de mi amigo, la última apenas iniciada la noche. Y, para incrementar mi desespero, también había un mensaje de texto por su parte: «No me dejes solo». Intenté devolver sus llamadas, pero nunca contestó.

Ese mensaje aún causa en mí una jaqueca llena de angustia, impotencia y culpa. Nunca volví a ver a Jaime. Después de esa noche, tanto él como el cadáver desaparecieron del crematorio y del mundo, y nunca fueron vistos de nuevo. Su mensaje sólo deja en evidencia mi cobardía, y funge como un recordatorio de que algo terrible ocurrió después de mi partida. Quizás un evento fagocitado entre el muerto y el vivo, quizás un acto desesperado de escape… nunca lo sabré. Sólo sé que dejé a mi amigo sólo con un cuerpo que se movía, y sé que ese mensaje final fue un clamor desesperado de auxilio. Esas cuatro palabras de su último mensaje, a modo de ruego, no me han abandonado ni un sólo día después del suceso, pues me enfrentan con mi cobardía. ¡Sí, lo dejé solo! El horror de esa noche y el arrepentimiento póstumo me perseguirán como una horda de fantasmas por el resto de mi vida.

FIN