Entré a la biblioteca con mi mejor atuendo, perfumado y con mi libro de cuentos bajo el brazo. Esa biblioteca, destruida siglos atrás, ahora ostentaba en su fachada palabras cinceladas en todos los idiomas. Tenía frutas luminosas, estantes altísimos y el conocimiento del mundo. ¡Qué privilegio estar allí! Sus pasillos repletos de imaginación y a la vez cargados de misterios, sus contrastes límpidos o desfigurados, los espejos infinitos, sus sillas en forma de libros. Toda ella irradiaba un aura de iridiscente solemnidad.
Estaba ansioso de conocer tanto a los lectores como a los escritores, así que cuando llegué al primer piso me detuve en seco, intimidado y a la vez maravillado al ver tales eminencias literarias. Había allí varios escritores que admiraba con pasión, otros menos conocidos, pero que con su elocuencia e inteligencia me atrapaban como la araña a la mosca. Estaba extasiado al ver allí autores que inspiraron muchos de mis cuentos y poemas, a quienes yo consideraba maestros, aunque ellos desconocieran mi existencia.
Me acerqué con paso tímido y crucé palabras con un gran escritor francés que hablaba español con una precisión espléndida. Le dije con ansias cuánto lo admiraba y le mencioné «Una cabellera» y «El Horla»; cuentos que habían definido, de alguna manera, mi estilo literario. El hombre escuchaba con gran atención, halagado y agradecido por mis palabras. Entonces le dije:
—Me gustaría que leyeras lo que he escrito. Pero él, con una sinceridad brutal, me dijo:
—Me encantaría leer lo que has escrito, más si he ayudado de alguna manera a inspirarlo; pero no puedo hacerlo. Atribuí tan certero rechazo a sus ocupaciones. ¿Cómo iba a tener tiempo de leerme siendo tan magnánimo escritor? Pero, para mi desconcierto, recibí el mismo rechazo de otro gran escritor con el que hablé por unos minutos, un hombre de Idaho que me mencionó su enigmático viaje a México. Le confesé que me había encantado «La muerte de Halpin Frayser», «El incidente del Puente del Búho» y «Aceite de Perro». Él me abrazó y me agradeció. Pero cuando le pedí que leyera mi obra dio una respuesta similar:
—Puede ser contradictorio y disonante, pero antes fui lector y escritor; ahora soy sólo escritor, por lo que no podré leer tus cuentos. Sin embargo, no dudo que sean unas obras maravillosas.
Este extraño comportamiento fue el primer campanazo para deducir que algo no encajaba, que algo en la biblioteca no estaba bien. Y mi conversación con un tercer escritor, un joven irreverente de dieciocho años, encendió mi perspicacia. Ya conocía las obras del joven, y hablamos un buen tiempo sobre «Una temporada en el infierno» y «El baile de los ahorcados». Este joven, al cual yo admiraba por su gran pluma, me dijo con cierto brío:
—Míralos, ahora escriben, pero no pueden leer… no podemos. ¿En qué nos convertimos entonces? Somos creadores magistrales de portales a mundos oníricos y lejanos, construimos con detalle y amor grandes historias, poemas desgarradores y visiones de la muerte y el horror, ¡y con el tiempo y los años no somos capaces de disfrutar de las historias de los otros ni de nuestras propias obras! ¡Somos, sin dudarlo, bestias nobles que alcanzaron la inmortalidad con sus obras, pero cascarones de hueso y piel donde nada nace ni renace!
Aunque embelesado por la compañía de aquellas mentes brillantes, algo en mi interior me incomodaba, me alteraba. En medio de esos lujos, esos libros y esos autores, sentía en esa biblioteca los infinitos pasajes de un laberinto sin salida. Y, todo se volvió más enigmático cuando los escritores, entre conversaciones, empezaron a hablar de fechas. Escuché a uno decir que su libro había sido publicado en 1893, y otro dijo que su primera novela la autopublicó en 1873. Incluso, el escritor estadounidense que tanto admiraba me aclaró que su gran obra fue escrita en 1890. Hice un esbozo de risa, pues pensé que era una broma, pero al verle la mirada seria y escuchar la voz grave, me tragué la mofa. No era un error de traducción, pues hablaba perfecto el español. Era simple: al parecer, decía la verdad.
¿De qué estaban hablando? ¿Estaban desvariando o simplemente era una locura colectiva? Son fechas de hace más de un siglo. De ser ciertas esas afirmaciones, esos brillantes hombres no serían más que esqueletos amarillentos con mechones escasos bajo unas tumbas frías, besados por el gusano y la tierra húmeda. No serían más que el recuerdo reducido a una osamenta cubierta por el polvo y aplastada por el tiempo. Pero no era así, en cambio, estaban impecables, racionales y muy astutos, dialogando de todo y de todos con todos en medio de la infinita biblioteca.
Entonces llegó el segundo punto de la agenda: la reunión con los lectores. Fue un momento emotivo: entraron por aquellas enormes puertas grupos enteros de niños con uniforme escolar, parejas enamoradas, jóvenes tímidos y ancianos solemnes. Todos dispuestos a escucharnos, a conocer nuestro arte, a aprender, a redirigir sus mentes a una y mil historias fantásticas que sólo pueden ser exploradas por la tinta y el papel.
¿Y es que acaso no son los libros una herramienta que ayuda a la mente? Estoy seguro de que, si la pesa conviene al músculo, el libro conviene al ingenio. Son los libros, como decía Borges, una extensión de la memoria y la imaginación. Son, sin duda alguna, los portales interdimensionales que llevan a mundos maravillosos, o cadáveres de papel y tinta; depende de si se abren. Y esta precaria deducción me permitió encajar los hilos sueltos que azoraban mi espíritu.
Recuerdo haber escuchado a alguien que murmuró: «Quien no crea está destinado a ver el deterioro». El arte de la escritura da vida a personajes, epopeyas, fábulas, visiones, historias y romances. Cada libro es un universo entero, y el universo causa efectos que nos llegan, pues nosotros mismos somos un universo. Si un libro es escrito y nunca es leído, ese libro muere con el autor. Se puede tener una auténtica joya literaria, pero si aquel manuscrito no sale del cajón se marchitará y esa joya perderá su brillo y su valor.
Todo esto lo digo porque con la entrada de los lectores lo supe. Muchos, ansiosos y fascinados, se acercaron a los grandes escritores que había allí en la biblioteca, cruzando algunas palabras y llenándolos de grandes halagos. Pero muchos otros escritores, de talento salvaje pero menos conocidos, empezaron a desaparecer al ver que muchos de los lectores simplemente los ignoraban. Desconocían sus obras y no tenían intención alguna de conocerlas. Esos escritores, nerviosos y aferrados fuertemente a sus libros, los brindaban con brazos extendidos a varios lectores que ni les miraban los ojos. Fue una imagen dolorosa: los escritores mostrando sus libros y prácticamente rogándoles que los leyeran, y los lectores, cuales reyes altivos, pasándoles por encima como pisando el pasto. Poco a poco, aquellos abatidos y tristes escritores empezaron a mirar los libros en sus manos, sudando y desorbitando los ojos, moviendo las cabezas como epilépticos. Sus miradas, sus aterradas miradas, me hicieron entender que ellos mismos estaban olvidando sus propias obras, como quien sufre de una enfermedad mental que degenera y pudre el cerebro. ¡Sus obras estaban siendo olvidadas incluso por ellos!
Fue aterrador. Empezaron a gritar, pero nadie los escuchaba. Empezaron a rogar, a rezar, a implorar, pero los lectores volteaban los rostros, como si no existieran. ¡Y es que ya no existían! Poco a poco fueron saliendo de la biblioteca, encontrando la salida de aquel laberíntico edificio sin siquiera buscarla, caminando como muertos vivientes, a paso lento y torpe, bamboleándose como borrachos o enfermos, hasta desaparecer por completo.
Fue allí, y con una última fecha en uno de mis cuentos, que redondeé la idea de la situación en el interior de la virtuosa Alejandría, habitada por grandes escritores. Entendí la falta de sombras reflejadas en el suelo del recinto. La fecha la vi gracias a una joven tímida que caminó directo al estante donde estaba mi libro; y grande fue la sorpresa y la alegría al verla abrir mi obra. Tenía una libreta y anotaba algunas frases, metáforas e ideas que sacaba de mis escritos. Supe por tal acto que era una escritora novata (pues muchos lectores son escritores). Quise acercarme para aconsejarla, y sonreí inconscientemente, pues entendí la negativa de los escritores a leerme.
Igual me acerqué a la joven solitaria, embargado de un gran agradecimiento. Quería abrazarla y decirle cuán feliz me hacía, pero no había palabra alguna en ningún idioma para describir el sentimiento de ver a un desconocido leerme. Mi género siempre fue el terror, por lo que mi mente siempre fue un pozo que engendró demonios; pero tal enfoque no indica que haya tenido una vida miserable y horrenda, incapaz de acariciar la felicidad; en ese momento la acaricié, aunque estuviera encadenada a la memoria de aquella tímida lectora. Y le dije con fascinación magnética:
—Estoy tan feliz de que hayas descubierto mi libro que quiero llorar. Que hayas preferido mi obra por encima de la enorme cantidad de espléndidas historias en este recinto. Ahora entiendo, viendo que este cuento que tú lees fue escrito hace más de cien años (según la fecha), que los escritores revivimos cada vez que alguien nos lee. Y todo esto se lo dije en el prólogo del libro. Miré a mi alrededor, lleno de dimensiones coloridas, y continué con cierto rubor:
—Veo que tienes ideas maravillosas que espero puedas convertir en cuentos impactantes. Me encantaría leerte, ver tu obra acabada y apoyarte de la misma manera que tú lo haces ahora conmigo; pero no podré hacerlo. Sólo puedo darte consejos a través de mis palabras, darte ideas y agitarte un poco la creatividad… nada más. Fui un escritor y un lector, ahora, que ya no estoy, soy sólo un escritor. ¡Éxitos en tu camino a la escritura, mi tímida lectora!