Volver a la torre

Literatura tenebrosa

La Tablilla Maldita

La historia premia a Sir Henry Rawlinson por la traducción del idioma acadio, un idioma cuneiforme que logró descifrar a partir del persa antiguo. Sin duda, la tarea de Rawlinson fue maravillosa, además de titánica, pues permitió conocer la historia acadia y saber más sobre el primer imperio del mundo. Sin embargo, antes de la traducción de Rawlinson hubo una arqueóloga llamada Jean Marie Green, que también se lanzó a la dura empresa de traducir una tablilla cuneiforme de los acadios, obtenida en la excavación de la biblioteca de Nínive, la antigua capital asiria. Lastimosamente, esta obsesión llevó a Green a una profunda locura, seguida por una gran depresión y posteriormente de su suicidio, el día 4 de marzo de 1864, tres años después de culminada la enigmática traducción.

Jean Marie Green nació en el sur de Londres el 13 de noviembre de 1823. Sus padres, George y Lucy, tenían una buena posición social. Esto le permitió dedicarse desde los veinte años a la arqueología. Aunque no está bien documentado cómo, en 1854 logró acceder a una de las misteriosas tablillas de Asurbanipal, descubiertas por A. H. Layard en la expedición financiada por el Museo Británico. Es a partir de este momento en que la ficción y la realidad se empiezan a solapar como capas nebulosas, y donde el trabajo y el esfuerzo luchan contra la desesperación y el terror.

Animada por la gran adquisición arcillosa, Green no perdió tiempo y se puso manos a la obra. Al igual que Henry Rawlinson, Green sabía leer el persa antiguo, que también un lenguaje cuneiforme. Esto le permitió tener un sólido punto de partida. Sin embargo, su método de ensayo y error empezó a desgastarla y frustrarla a medida que pasaban los días. Los significados de los símbolos no encajaban el uno con el otro. La tablilla acadia tenía muchos más símbolos que el persa antiguo, y esto dificultó la tarea.

Green, sumergida por completo en un deseo de triunfo y curiosidad, empezó a obsesionarse con la tablilla, como si de repente una terrible monomanía la invadiera, impulsándola a resolver el enigma. Se levantaba, desayunaba y bajaba a su estudio para iniciar la traducción. Subía a mediodía para almorzar y volvía a bajar para continuar con su tarea, y casi siempre omitía la cena. Se acostaba a dormir a altas horas de la noche, siempre pensando en descifrar la pequeña tablilla de arcilla. Su mente sólo podía centrarse en esos símbolos pequeños y misteriosos.

Entonces su hermoso físico empezó a cambiar drásticamente. Después de algunos meses de iniciados sus estudios, empezó a caminar encorvada, sus mejillas se hundieron y sus labios palidecieron, perdiendo su bello color rosa. Su rostro poco a poco empezó a marchitarse. Y al año pareció sufrir reuma. Sus dedos empezaron a desfigurarse, como si una súbita artritis la hubiera afectado. A los dos años de la llegada de la tablilla, Jean Marie perdió tres dientes y bajó de peso de manera notoria, hasta pesar sólo cuarenta kilos.

Sus padres, preocupados, llamaron al médico familiar para revisar su estado; pero el médico no pudo dar un diagnóstico claro. Jean Marie no tenía dolor alguno, y su aspecto decrépito parecía ser sólo externo, sin dolencias internas. Sus órganos funcionaban sin problema, por lo que el médico simplemente concluyó que era agotamiento.

En el pueblo se empezó a rumorar sobre una maldición producida por la tablilla. George, preocupado por la salud de su hija, intentó destruir el objeto en tres ocasiones, pero Jean se lo impidió siempre. Incluso, antes de irse a dormir, ella guardaba la tablilla de arcilla en una caja fuerte para evitar que alguien siquiera la mirara.

La obsesión de la arqueóloga obligó a sus padres a mantenerla aislada y a responder por ella económicamente. La carrera de Jean Marie se vino abajo a causa de los rumores de locura y enfermedad, y la repentina fobia que desarrolló al agua hizo que dejara de bañarse, por lo que su soledad se hizo inevitable. Sólo sus padres aguantaban el hedor causado por el desaseo, y su decadencia física espantaba a quien la veía.

Pero ella, sin prestar mucha atención al entorno, lograba grandes avances. Después del cuarto año ya había descifrado varios símbolos, además de descubrir los números allí escritos. La tablilla sólo tenía un párrafo, por lo que un sólo símbolo era un logro enorme. —«Ya casi» —pensaba a medida que lograba traducir un nuevo símbolo. Pero a medida que iba traduciendo palabra por palabra, su estado mental iba empeorando, quizás por el horror que poco a poco iba encontrando en la oscura traducción.

El 28 de agosto de 1861 era un miércoles medianamente normal. Los padres de Green ya dormían, cuando a eso de las once de la noche se escuchó un grito aterrador y agudo desde el sótano que pareció romper los tímpanos de la pareja de ancianos. Jean Marie finalmente había logrado traducir toda la tablilla, pero lo que había encontrado en ella la había aterrorizado. Cuando sus padres se levantaron, temerosos, la vieron subir corriendo del sótano, pálida e hiperventilando. En sus ojos oscuros se veía el pánico y el asombro. Mientras subía corriendo las escaleras, Jean empujó a Lucy y salió corriendo de la casa, gritando y moviendo las manos de manera brusca; como si escapara de unos fantasmas espeluznantes e invisibles. Todos sus vecinos la escucharon, y quienes la vieron aseguraron que parecía una bruja de pelo grasoso y sucio digna de ser quemada en la hoguera. George salió tras ella hasta finalmente alcanzarla después de varias calles de trote.

—¿Qué sucede, Jean? Dime, ¿te duele algo? ¡¿Qué sucede?! —preguntaba George Green a su hija, al tiempo que la abrazaba con fuerza para que ella no escapara. Pero ella, con la mirada perdida y la respiración estertorosa, sólo gritaba:

—¡Es Lamashtu! ¡Es Lamashtu!

Después de varios días de encierro, el médico sólo pudo concluir que Jean Marie estaba loca. Él no creía en maldiciones ni supersticiones, pues era hombre de ciencia; pero sí aseguraba que la manía de la arqueóloga por la tablilla tenía mucho que ver con su estado mental, por lo que recomendó destruirla… y así se hizo. La destrucción de la tablilla la hizo George, aunque a la sensible y débil arqueóloga nada se le dijo. El médico aconsejó un lugar de reposo, pero la pareja Green se negó vehementemente, por lo que Jean permaneció en casa.

Así transcurrieron tres grises y tristes años. Jean Marie empeoraba con cada día que pasaba. Desvariaba y hablaba sola, rogando vida eterna y temiendo a la muerte y al infierno de una forma insana. Había días que parecía un poco lúcida; otros días permanecía en silencio, mirando la pared fijamente, meditabunda. Otros días tenía crisis nerviosas, como si un temor psicótico la invadiera, y gritaba con miedo y desesperación varias veces el nombre «Lamashtu». La falta de sueño le causaba jaquecas, poco comía y temblaba mucho. Movía las rodillas con ansiedad cada vez que se sentaba, y nunca miraba a los ojos de sus padres cuando le hablaban. Finalmente pasó lo inevitable: Jean Marie se ahorcó en horas de la noche el 4 de marzo, tres años después de haber descifrado la tablilla. Tiempo después del fallecimiento de la arqueóloga, un antiguo colega llamado Louis Jones fue a visitar a los Green para darle sus condolencias y, además, pedir permiso para revisar los estudios de la traducción cuneiforme de Jean Marie. Él estaba bien enterado del trabajo de la mujer, pues durante los primeros años ella le enviaba cartas con sus avances. Al principio parecía muy animada, pero a medida que traducía más símbolos parecía más sombría y nerviosa (o eso notaba él en las cartas). En la última carta que recibió de Jean, ella, preocupada, decía lo siguiente:

«Londres, martes 11 de junio de 1861

Querido Louis,

No soy una mujer creyente de mitos y leyendas, pues mi trabajo es descubrir la historia que inspira esos mitos y leyendas; pero no puedo negar que me siento asustada. Ayer logré entender otros cinco símbolos, y uno de ellos dice claramente Lamashtu. Ese es el nombre de una bruja o un demonio de la antigua Mesopotamia. Me falta poco para traducir la tablilla por completo, pero temo por mi vida. Te pido que no me juzgues por ser supersticiosa. Si sucede algo inesperado, por favor ve a mi estudio y busca en el tercer cajón de la gaveta negra. Allí dejaré la traducción completa y entenderás mi temor.

Con aprecio.

Jean Marie Green».

Louis era un hombre de palabra, por lo que fue a buscar la traducción. Con el permiso de los Green, bajó al oscuro estudio de Jean y abrió el cajón. Allí encontró varios papeles, algunos con garabatos, símbolos y una que otra letra en desorden; pero hubo dos papeles que dejaron a Louis al borde del tormento. El primero indicaba que la tablilla, según sabía Jean, provenía de Aššur, en la antigua Babilonia, pero estaba escrito en idioma acadio. Al parecer, los asirios la habían obtenido en algún saqueo y la habían llevado a la biblioteca de Nínive. ¿Cómo Green supo esto? Louis no pudo descubrirlo, pero especuló que quien le había dado la tablilla le había ayudado con esa investigación. En el segundo papel estaba la traducción de la tablilla, la misma que había causado el desquicio y el horror en Jean Marie. Inicialmente parecía ser una parte de una otrora epopeya, pero parece que el ver su nombre en la tablilla fue el detonante de su trastorno. La traducción de esa tablilla maldita era la siguiente:

«Te he visto leerme. Te he visto por siete años, nueve meses y dos días. Te he visto luchar por descifrarme. Ahora me has leído, pero yo también te he leído, y lo sé todo. Todo. Yo, Lamashtu, acá te espero, Jean».

FIN