Me despertó el aleteo de un ave que subió hasta la parte más alta del techo, donde la luz de las velas no alcanzaba a llegar. Había tenido pesadillas grotescas, llamadas de los confines más horripilantes de la conciencia. Varios pensamientos turbios me dominaron por buen tiempo, mientras asimilaba dónde estaba. Me había quedado dormido en el ático de mi casa después de un festejo indescriptible, repleto de venenos, bebidas y mujeres fatales.
Al principio la resaca no me dejó levantar, pero cuando por fin pude dominar el tambor en mi cabeza, bajé a mi cuarto. Apenas vi la cama desarreglada se me vinieron imágenes vagas de la noche anterior. En esa habitación había sucedido algo, pero al principio no pude recordar qué. Vino a mi mente el rostro de una mujer hermosa. Sin embargo, nada podía recordar con claridad.
Fui a la sala y la vi hecha añicos. Los muebles estaban volteados, el vidrio de la mesa quebrado, vino regado por todos lados, y más. Y, de la manera más descarada, vi la armadura que mi abuelo me había regalado tumbada en el suelo, como un heráldico cadáver de acero antes gallardo.
Me apresuré a levantarla, pero apenas tomé el casco el hedor me hizo retroceder. ¡¿Qué demonios habían regado en el interior de mi amada armadura?! Era una armadura negra y dorada de caballero medieval (aunque era una réplica, pues una original es invaluable), con yelmo de cimera plana y airón con puntas, visera a en forma de ‘V’ y repujados tribales. Las hombreras eran anchas y tenían puntas. El peto estaba finamente gravado, al igual que las coderas y las rodilleras. Las grebas eran pulidas y muy gruesas. Las manoplas no estaban, al igual que el ristre y uno de los guardabrazos. Todo lo encontré esparcido por la sala.
Cuando por fin tuve todas las partes, me empeciné en armarla sobre el maniquí. El hedor dentro de la armadura era indescriptible; pero ese hedor me transportaba al suceso en mi cuarto, suceso que no había podido recordar hasta ese momento.
Cuando la armadura por fin estuvo terminada, llamé a mis amigos más allegados para que me aclararan los eventos de la noche anterior. Me entristecí al saber que ninguno se había quedado por mucho tiempo. Ninguno recordaba algún suceso en mi cuarto, pero todos hablaron de un extraño que llegó a eso de las tres de la mañana a la fiesta. Yo, inundado en mi deplorable estado, no puse objeción cuando me pidió entrar.
Todos me dijeron que era un hombre supremamente tímido. Habló solo lo necesario y no se acercó a ninguna de las mujeres. Algunas amigas se le acercaron, pero a ninguna le prestó atención. Pasó casi toda la noche apartado en un rincón, solo, mirando cómo nos embriagábamos y cometíamos actos infames. Después de un buen tiempo, algunos de mis amigos no lo vieron más. Solo uno de ellos aseguró que el joven estaba siendo molestado por otros invitados que, borrachos, lo escupían y se mofaban de él, asegurando que era homosexual por haber rechazado a una hermosa rubia.
Cuando me dijeron eso vino a mí un recuerdo confuso que me heló la sangre. Recordé una gresca, y por un momento se me vino la imagen de dos hombres golpeando a un pequeño hombre de abrigo negro. Yo solo gritaba eufórico a causa de mi amor a la violencia creado por mi inhibición. ¿Quién era ese hombre?
Subí de nuevo al cuarto, intentando recordar más, y lo logré al ver un collar bajo la cama. Ese collar era de una joven con la que había hablado por buen tiempo. Ella también había estado en la pelea, gritando a mi lado que golpearan al pobre hombre. Me derrumbé en la cama, pensando en todos los posibles sucesos de la noche anterior. Varios pensamientos nebulosos vinieron a mi mente como un cúmulo de imágenes, mientras la cama todavía me daba vueltas como si estuviera en un vórtice. Pero solo cuando vi la imagen de un Cristo en mi cuarto recordé todo finalmente.
A las tres de la mañana, en punto, tocaron la puerta de mi casa. Era un hombre de estatura baja, increíblemente blanco y de ojos melancólicos. Yo, alegre y borracho, lo dejé entrar sin ningún problema. Alcancé a pensar que era un vecino que había venido a quejarse, así que lo hice seguir al festejo.
Como mis amigos me dijeron, el hombre permaneció aislado toda la noche; quizás por timidez. Le dije a varias mujeres que le hablaran, pero a todas las rechazó. Entonces algunos hombres, indignados por la actitud del extraño, empezaron a golpearlo para divertirse, aprovechando que era de talla baja.
Yo, en un ataque delirante, les pedí a los hombres que le pusieran la armadura, sabiendo que era muy incómoda. Los hombres tomaron la armadura y, bajo mis indicaciones, se la aferraron al cuerpo, tallándole la tierna carne. Yo solo reía. Sabía de la incomodidad porque ya me la había puesto una vez, y me había molido el cuerpo, tanto por el peso como por las salientes no limadas del acero.
Entonces los hombres empezaron a derramar vino y otros líquidos horribles por la visera, mientras el pequeño extraño pedía a gritos que lo dejaran ir a su casa. Los hombres lo alzaron y lo llevaron a mi habitación. Allí siguieron golpeándolo en el yelmo para que el extraño se aturdiera. En medio de ese ridículo castigo, el hombre solo le hablaba al Cristo sobre la pared, pidiéndole clemencia; y nos rogaba que lo dejáramos.
Pero cuando decidimos que ya el castigo era suficiente, (pues el hombre había dejado de gritar), le quitamos el yelmo y de inmediato sentimos un horrible e inmundo hedor, como el del azufre, y vimos aterrados, enmudecidos, con los corazones a estallar y con los vapores del vino disipados, que bajo el casco sombrío ya no había cabeza alguna.