Volver a la torre

Los jardines rojos y otros nocturnos

Esquizofrenia

La noticia salió en todos los medios de comunicación: Dos muertos en el centro de la ciudad, una mujer joven y un habitante de la calle. Inicialmente parecía un robo por parte del hombre, pero a medida que se conocieron los horribles detalles del crimen, la noticia tomó más impulso hasta llegar a otros países.

Pero todo inició con el descontento entre Dulce y Vladimir. Ella era una hermosa niña de doce años, y Vladimir, ya octogenario, era su cuidador. En la mitad siempre estaba Nicolás, un hombre de edad media que prácticamente servía como mediador. Los tres vivían en una hermosa villa a las afueras del reino, con casitas de tejas anaranjadas y ladrillos blancos, techos góticos y plazas empedradas. En verdad era un lindo lugar, donde muchas mariposas azules revoloteaban por las calles y las fuentes de agua eran cristalinas.

La discusión siempre se concentró en los caprichos de Dulce, pues ella amaba las joyas azules, y siempre que veía a una mujer con joyas de este color armaba un escándalo, esperando que Nicolás se las quitara a las mujeres para dárselas a ella. Dulce no quería que Nicolás le comprara las joyas, no, ella quería que Nicolás las robara a las otras mujeres, como si la envidia fuera más fuerte que el deseo, y la pérdida de las otras mujeres fuera más importante que tener las joyas ella misma.

Por otro lado, el anciano Vladimir siempre establecía los límites. No permitía a Dulce extender mucho el alboroto, y su voz severa y siseante siempre calmaba a Nicolás. Aunque el viejo era muy crítico con el hombre, y lo trataba de tonto e ignorante, era mucho más severo con Dulce, intentando siempre corregirla con ecos sonoros.

El día de los sucesos los tres salieron a caminar por el centro de la villa, con un sol resplandeciente sobre sus cabezas y una brisa refrescante en sus rostros. Los conflictos entre la niña y el anciano seguían como siempre, por lo que Nicolás poca atención puso a eso. Y llegando a la torre del reloj, los tres vieron una hermosa mujer pasar. La joven tenía el rostro pálido y hermoso, el cabello negro como la noche y los ojos azules, casi grises a la luz del día. Era en verdad una joven hermosa.

Entonces Dulce se apresuró a mirar las joyas que ella tenía, y vio que eran azules. Y empezó a llorar.

—¡Quiero esas joyas! —exclamó.

—Ya hemos hablado de esto, Dulce —dijo Vladimir seriamente.

—Son hermosas. ¡Las quiero! —insistió la niña mientras miraba a la joven, con los cachetes inflados a modo de puchero. La mujer al principio se sorprendió por el comportamiento malcriado de la niña, pero entonces miró a Nicolás, que simplemente la observaba, inmóvil, hipnotizado por sus ojos brillantes. Entonces ella sonrió, haciendo un ademán para darle las joyas a la niña.

—¿Puedo? —dijo Nicolás entendiendo las intenciones de la joven. Y ella simplemente sonrió y asintió. A Dulce entonces le brillaron los ojos de alegría, y curvó los labios en una sonrisa. ¡Por fin tendría sus joyas azules!

Nicolás esperó que Vladimir objetara como siempre. Mas el anciano, con voz siseante, dijo:

—No puedo detenerte más. Si quieres esas joyas para Dulce, es tu decisión. Pero sabes el costo que implican esas joyas en este reino. Nicolás, ignorante del precio de las joyas, no puso atención. Así que se acercó a la joven y extendió las manos hasta tenerlas en su palma. Pero fue en ese momento que todo el reino pareció oscurecerse, como si una nube de ceniza gigantesca hubiera ocultado el sol. Y un viento terrible movió las vestimentas de todos, y la joven hermosa lanzó un grito espantoso que subió agudamente hasta perderse con el aire. Y gritó dos veces de manera horripilante, y muchos otros gritos aterradores se unieron a ese escándalo.

Nicolás miró entonces a su alrededor y no vio ni a Dulce ni a Vladimir. Y las casitas no eran blancas con tejados anaranjados; todos eran edificios ruinosos. Y la villa se había convertido en una ciudad moderna, forrada de cemento y basura. No estaba en un reino maravilloso, estaba en el centro de la capital. Y miró a la joven que tenía al frente, y vio que tenía cuencas vacías y sangrantes en su rostro. Se tapaba la cara, desesperada, palpándose los huecos donde debían estar sus hermosos ojos grises. Así que Nicolás miró su mano izquierda, y allí sostenía un bisturí ensangrentado. Se había cortado algunos dedos, y las cortadas le ardían; y era obvio que lo había utilizado contra la joven. Y en su mano derecha sostenía las «dos joyas», que no eran más que los ojos azules y rojos, carentes de vida.

A su alrededor había una turba de gente iracunda. Las mujeres gritaban aterradas y los hombres lo insultaban y amenazaban. Al mismo tiempo que la joven víctima se retorcía aterrada y se buscaba en su rostro sangrante los ojos arrancados. Entonces Nicolás supo que Dulce y Vladimir lo habían logrado finalmente. Supo que el medicamento había dejado de funcionar, y que tanto la niña como el anciano habían regado con su aliento agrio y terrible la esquizofrenia que había quedado dormida por diez años, y que ahora se esparcía por el cerebro como un manto pesado. ¡¿Cómo no lo pudo imaginar?! Un reino hermoso, una vida de ensueño… era imposible para un habitante de la calle que vivía de la basura en el centro de la ciudad. «Dulce y Vladimir, ¡malditos!», pensó una y otra vez, mientras escuchaba la risa traviesa de la niña de nuevo en su cabeza, como quien escucha la conversación en un cubículo cercano del puesto de trabajo. Ambas voces habían hecho en su cráneo un trono terrible, y ahora pagaba las consecuencias por su brote psicótico.

Entonces se escucharon sirenas de ambulancias y policías. Los gritos se intensificaron, pero Nicolás sólo podía escuchar a Vladimir insultándolo y a Dulce riendo feliz, ambos al mismo tiempo y en ecos enloquecedores y profundos, repitiendo siempre las mismas frases, cada vez más rápido, hasta ser inentendibles. Al mismo tiempo, una tercera voz se superpuso; una respiración estertosa que intentaba desesperadamente obtener aire; como quien está siendo asfixiado; como quien inhala, pero no exhala. Finalmente, lo último que el hombre escuchó fue el sonido de los disparos. Ya para el atardecer la noticia se había propagado como la peste; ahora en el centro de la ciudad había dos pares de ojos vacíos de pensamientos.

FIN