(LA TERCERA SOMBRA)
Para Oscar fue horrible tocarse el rostro y darse cuenta que ya no tenía boca. Pero para entender este terrible suceso primero debemos hablar del prisionero 6312330 (llamado Oscar), de la bruja y de la prisión en la isla.
Aunque se habla mucho de la prisión de Alcatraz y se denuncian las atrocidades de Guantánamo, hubo en una isla del océano pacífico una cárcel horripilante, terrible e inclemente, llena de serpientes venenosas e inspirada en los campos de concentración nazi: La Gorgona. Incluso aún hay allí una placa con un poema que dice:
«Maldito este lugar... maldito sea. Aquí sólo se respira la tristeza aquí se bebe el cáliz más amargo que nos brinda el dolor y la pobreza. Aquí la vida no tiene primavera aquí el alma no tiene sensaciones aquí el amor no tiene compañera y pierde el corazón sus ilusiones». Anónimo.
Esta horrible prisión se convirtió en el hogar de reclusión de Oscar por casi un año; llevado allí a inicio de año en un buque totalmente cerrado. Fue condenado por matar a una joven a golpes a causa de sus diferencias políticas, sin conocer que la joven tenía fama de ser una bruja. Lo último que dijo la joven fue el viejo refrán: «En boca cerrada no entran moscas». Inicialmente fue una frase sin sentido, pero de repente tomó mucho significado.
El prisionero con número 6312330 llegó a Gorgona al mediodía del 13 de febrero, bajo un calor inclemente y un cielo azul y sin nubes. El aire en la isla se estancaba a medida que se internaban en la maleza, y el sonido de los insectos y las aves se hizo abrumador. Los grilletes le tallaban y el sudor bajaba por su frente pegajosa. Finalmente llegó con los pies adoloridos a la terrible prisión, bajo la mirada amenazante de varios presos.
Para el cuarto día ya había hecho algunos enemigos, por lo que empezó a verse envuelto en riñas. Oscar era fornido, por lo cual tenía cierta ventaja en las peleas; pero igual recibía golpes, así que frecuentemente tenía un ojo morado o un diente roto. Esta actitud hizo que fuera un visitante frecuente de los «bretes», que eran las celdas de castigo o calabozo de aislamiento. Estas terribles celdas medían 2 x 1 metros, con una letrina y una reja oxidada que daba a una plaza empedrada y amplia. Todo el sitio apestaba por las letrinas, el calor y la humedad.
Poco a poco Oscar se fue adaptando a su encierro. Durante junio fue mordido por una serpiente, por lo que fue a la enfermería y se recuperó sin mayores complicaciones. Pero el verdadero suplicio del preso inició en septiembre, cuando una noche, después de una pelea, fue enviado a aislamiento por diez días. Esa noche soñó golpeando a la joven asesinada
bajo un cielo negro y rojo, mientras ella reía. Esa risa irritaba al hombre, que cada vez la golpeaba con más fuerza hasta romperle los dientes y la nariz. Ella solo se carcajeaba mientras decía: «En boca cerrada…» pero Oscar la golpeaba antes de que ella terminara la frase. Cuando el día llegó, el preso abrió los ojos con pereza, pero al intentar bostezar se dio cuenta que no podía abrir la boca.
Algo había cambiado, como si de repente estuviera utilizando un tapabocas. Intentó de nuevo abrir la boca, pero no pudo. Entonces se tocó el rostro con su mano y no sintió labio alguno. Fue como si se tocara la mejilla, pues en su boca la piel ahora era plana. Podía recorrer con sus dedos su rostro de oreja a oreja sin sentir la boca por ningún lado. El impacto lo hizo hiperventilar, pero al no poder hacer bocanadas de aire se empezó a sentir ahogado, ya que la nariz no era suficiente para inhalar. Abrió los ojos, aterrado, mientras respiraba por la nariz cada vez más fuerte. Buscó en vano un espejo para verse el rostro, al mismo tiempo que palpaba con las manos todas las losas de la celda.
Entonces se sentó de nuevo sobre el suelo, intentando calmarse al lado de la letrina hedionda, hasta que pudo respirar con más facilidad. Suavemente volvió a tocarse el rostro, de mejilla a mejilla; pero las yemas de los dedos pasaron de nuevo derecho sin sentir los labios. Así que se paró frente a la reja para llamar al guardia… ¡No podía gritar! Intentó hacer ruido golpeando los barrotes; pero estos eran duros y estaba fijos. Los golpeó con los pies, pero el sonido era seco y casi no se escuchaba, pues era opacado por el incesante sonido de la selva. Así que no pudo hacer más que esperar cerca de la reja, con el inclemente sol en su rostro, para que el guardia lo viera cuando hiciera ronda.
Allí estuvo varias horas, en silencio, pensando la terrible frase de la bruja asesinada. ¡Maldita mujer! ¡¿Qué hechizo había utilizado?! Y, a medida que pasaban las horas, el hambre y la sed empezaban a atacar con fiereza. Incapaz de aguantar el sol de mediodía, Oscar se metió más en la celda, a la sombra, con tan mala suerte que en ese preciso momento el guardia pasó, le echó una mirada rápida y salió. Oscar se prensó a los barrotes apenas vio al guardia, pero no pudo llamarlo, por lo que vio cómo el hombre se retiraba lentamente, mirando celda por celda. Oscar dio dos golpes a los barrotes, pero desistió al sentir el dolor en sus nudillos.
Poco después le pasaron el almuerzo: Pan duro y agua. Oscar se apresuró a mirar al guardia y a señalarle la boca; pero el guardia nada dijo, simplemente le dejó la comida y dio media vuelta. Esto fue para Oscar un golpe terrible. Se tomó la cabeza, ya adolorida por la insolación, y volvió a tocarse el rostro, pero no había nada. Así que el preso se lanzó el agua a donde debería tener la boca, pero sintió como si se echara agua en el brazo. El agua nunca bajó por la garganta seca, lo que despertó en él la angustia y el terror. ¡¿Cuánto podría aguantar así?! Intentó comer el pan, empujando el alimento hacia su rostro, pero el resultado fue el mismo: Era como despedazar el pan contra la frente. Al mismo tiempo, el estómago se retorcía dolorosamente al sentir el alimento tan cerca.
La cena fue igual. El preso se echó el agua en el rostro y despedazó el pan contra su cara, pero no pudo comer ni beber nada. Lo peor era que los guardias parecían no darse cuenta de su preocupante situación. Así que ese primer día de aislamiento no comió ni bebió. ¡Y faltaban todavía nueve días! Con dolor de cabeza, sed y hambre, intentó dormir; pero no hizo más que rodar en ese piso frío, duro y húmedo, mientras dormitaba y pensaba en la bruja sonriente. Las pocas horas que logró conciliar el sueño tuvo de nuevo la misma pesadilla, donde él golpeaba a la joven mientras ella, ensangrentada y despeinada, sólo reía bajo ese cielo negro y rojo.
Pasó el segundo y el tercer día sin boca. Ya la sed le estaba pasando factura, pues se sentía cada vez más débil. Y la deshidratación empezó a golpearlo a tal punto, que para el cuarto día ya no se podía poner de pie. Aun así, se arrastraba para tomar el pan y el agua. Para el quinto día se desesperó tanto que intentó pasarse el pan por la nariz, casi ahogándose. Después de dolorosas contracciones, logró sacarse el pan de las fosas nasales. En cuanto al agua, simplemente se la arrojó al rostro para mitigar un poco el calor.
Ya en el séptimo día, en un acto desenfrenado, intentó abrirse un hueco en donde debía estar la boca con sus uñas. Las tenía un poco largas, sucias y melladas, así que empezó a arañarse con violencia. La sangre empezó a empapar sus manos, mientras sentía un terrible dolor en la cara. Intentó gritar sin éxito, y poco a poco la adrenalina empezó a bajar, lo que empezó a incrementar de manera desmedida el dolor. Ya incapaz de resistir ese tormento, dejó de rasgarse y se acurrucó en un rincón del «brete», aguantando la peste.
Así permaneció hasta altas horas de la noche, cuando de repente sintió que alguien lo miraba desde el medio de la plazoleta al otro lado de los barrotes. Inicialmente pensó en un guardia, después en un preso; pero una extraña inquietud lo llevó a levantar la cansada mirada. Allí vio lo que parecía una sombra, más oscura que la noche, de pie e inmóvil como una silueta de petróleo en medio de la tenebrosa plaza. Aunque Oscar nunca supo quién era, pensó que era su víctima, esa poderosa bruja que le había quitado la boca. Entonces pensó con resignación: «Esto me lo merezco». Y no dijo nada más.
Dos días después, ya cumplidos los diez días de aislamiento, los guardias fueron a sacar del «brete» al preso 6312330; pero lo encontraron sin vida, con la cara destruida por los aruñazos, como si tuviera una llaga gigante y roja a la altura de la boca. Estaba esquelético, con el rostro cadavérico y los miembros delgados, las uñas rojas y los dedos ensangrentados. Pero a diferencia de Oscar, los guardias vieron que, con excepción de los rasguños, la boca del preso estaba intacta.