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El hacedor de tormentos

El Viejo Guardián

Debo admitir con vergüenza que la indignación me domina al escribir este relato. No es por el benévolo guardián, sino por los ingratos del pueblo allá abajo, en el verde valle, amurallado por las montañas enormes y circundantes, y al que sólo se puede acceder por la garganta estrecha y pedregosa en la cual el guardián montó su pequeño hogar: una casita de una sola habitación, recostada toscamente contra el brazo de la montaña. La humilde casita siempre se inunda cuando llueve a cántaros, y no tiene comodidades, muebles ni agua. Pero nada de esto le importó nunca al guardián, quien sacrificó su vida entera por vigilar esa garganta y, de esta manera, proteger al desagradecido pueblo de los enemigos extranjeros.

El pueblito, del cual no daré el nombre porque no pienso inmortalizarlo en este escrito, es bello (debo admitirlo). Sus casitas blancas sobre el valle y sus tejas uniformes son semejantes a Villa de Leyva o a los hermosos pueblos andaluces del sur de España. Sus callecitas son empedradas, tiene varias plazas y abundan las bellas fuentes de agua pura que baja de las montañas imponentes y nubladas del rededor. Hay un campanario bien labrado y una iglesia pequeña de arquitectura magnífica. Y sus habitantes no son diferentes a los del resto de ese pequeño país: trabajadores, emocionales y humildes. Sin embargo, a diferencia del resto del país, este pueblo cuenta con algo más preciado que el oro y la plata: la paz. Y esa blanca paz ha sido lograda por el enorme esfuerzo y la sangre derramada del guardián, ahora envejecido y debilitado por el siempre imparable paso del tiempo, terrible y pesado.

El guardián. ¡Oh, amado guardián! Un hombre que a sus quince años decidió abandonar las comodidades de ser hijo único para encaminarse cuesta arriba hacia la garganta y no bajar nunca de nuevo. Un joven que, fiel a sus deberes, nunca abandonó el paso escarpado entre las gibas pétreas, siempre vigilante, siempre listo. El mismo hombre que hizo de su hacha un arma letal, cual berserker nórdico. Renunció a un hogar, a la compañía y a la caricia de una dulce joven, a la alegría de ver a unos hijos crecer y cumplir sus metas. Renunció al placer y lo cambió por la herida, el dolor, la fatiga y el insomnio.

Bastaron sólo unos años para que la guardia del guardián fuera impenetrable. La paz se desdobló en el pueblo, no sin antes algunos castigos: manos cortadas a los ladrones, castraciones a los violadores, dedos fracturados a quienes golpearan a sus padres, desfiguraciones a las infieles, lenguas cortadas a las mentirosas… El guardián, monolítico y poderoso, era estricto con la ley, pero en extremo efectivo. En menos de una década, el pueblo ya gozaba de una endulzada paz y una tranquilidad envidiada por el mundo entero.

Entonces los habitantes, agradecidos al inicio, llevaron a su casita tributos y regalos. Vinos finos, quesos, carnes adobadas y pescados salados, papas y ensaladas frescas. Y lo llenaron de presentes tallados y finos. Para ese momento, el guardián era un hombre de talla alta, brazos gruesos como troncos y manos nudosas y llenas de callos. Una barba negra y tupida le adornaba el grueso rostro de quijada cuadrada, y su mirada era fiera y acerada. Su hacha, afilada y poderosa, era tan pesada que los hombres más fuertes del pueblo sólo podían levantarla a dos manos; pero el guardián la blandía con ligereza sólo con su mano izquierda; y con ella defendía el pueblo de las amenazas externas. Ningún foráneo logró vencer al guardián, que para su madurez ya poseía un porte espartano; incluso hablaba como tal, con

modos de laconismo. Con los laconismos no se habla mucho, pues en Esparta se tenía el concepto según el cual las palabras eran para los débiles y que el verdadero poder estaba en la fuerza física. El guardián parecía tener este mismo concepto, pues hablaba poco, pero era contundente y arrogante.

Hubo tres respuestas documentadas del guardián a ciertas preguntas de los aldeanos. En la primera conversación, un joven delgado le preguntó:

—¿Acaso no puede vencerte ningún hombre? A lo que el guardián, con actitud presumida, respondió:

—No he enfrentado a ningún verdadero hombre—. En esta respuesta se ve su orgullo, un orgullo un tanto odioso, pero merecido.

Durante otra conversación, una mujer, curiosa por saber qué había más allá de las montañas, y sin poder comprender los peligros externos, le preguntó al guardián:

—¿Qué hay más allá de las montañas? A lo que este último le respondió:

—No hay paz.

En la última conversación registrada, un hombre que le regaló algunas vasijas al guardián, apenado por el poco valor de su regalo, le preguntó:

—¿Cómo podemos agradecerte todo lo que haces por nosotros?

—Vivan —respondió el guardián con gran agudeza. Pero esta última respuesta generó controversia, pues el pueblo pudo malinterpretarla, ya que, sin el guardián, el pueblo no podía vivir. Quizás esta respuesta fue contaminada con egoísmo y, por lo mismo, volvióse la base del desprendimiento y de la falta de empatía.

Durante varias décadas, la relación entre los aldeanos y el guardián fue amena y cariñosa. Ellos le cuidaban y le alimentaban, y él los protegía de los peligros latentes de más allá de las elevaciones nubladas. Pero el tiempo es tirano e inclemente, y es tan poderoso que mueve montañas y seca ríos. ¡Terrible tiempo! Un monstruo voraz que lo devora todo y a todos. Arruina de manera espantosa la belleza de las mujeres, succiona el júbilo vigoroso de los hombres, lanza su poder inmisericorde en el mundo, madurándolo y después pudriéndolo. Nada se libra del tiempo, ni siquiera el poderoso guardián.

Mientras que abajo, en el pueblo, las nuevas generaciones poco o nada sabían del hombre que custodiaba la entrada al florido valle; las canas empezaron a aparecer en la barba y en la cabellera del fiero ermitaño. El aplastante pasar de los años empezó a debilitar sus músculos, y dio paso a los dolores de espalda y rodillas. Poco a poco el guardián se fue adelgazando y fatigando. En ese momento los interesados aldeanos mostraron su verdadero rostro.

Aunque ninguno de los peligros que merodeaban las montañas osaba acercarse a la garganta mientras estuviese el guardián, los tributos y el alimento empezaron a ser cada vez más escasos, hasta casi desaparecer. Los jóvenes, indolentes, evitaban subir hasta la casita del guardián por física pereza, pues la cuesta era empinada y accidentada, y el viaje podía durar una hora de ida y otra de vuelta. Aquellos irresponsables jóvenes preferían saborear el hedonismo en las tabernas del pueblo en vez de ir a cuidar a un viejo cada vez más débil. ¿Por qué debían cuidar del guardián? ¿Qué había al otro lado de las montañas? Ni siquiera sus abuelos sabían qué asechaba más allá de la cordillera, y quien se aventuraba a salir nunca regresaba. «Quizás son cuentos ridículos de un anciano senil» empezaron a decir los jovencitos rebeldes e inmisericordes. Y sus padres, que fueron malos padres, no les enseñaron la importancia del guardián allá arriba. La paz, la hermosa paz, a menudo es mal utilizada por los humanos, quienes se relajan y dejan de avanzar por falta de necesidad. Y la relajación causa malos hábitos y, por lo mismo, malos hijos. No se debe dejar de avanzar, de aprender, de crear, así no haya necesidad de aquello. Esa situación es otra de las consecuencias del tiempo, que no tiene en cuenta las circunstancias de la gente: no le importa la paz o la tragedia; sólo sigue avanzando. Aunque al inicio se presentaron varias discusiones entre las diferentes generaciones, los viejos, que querían ayudar al guardián, cedieron por el cansancio a la juventud briosa y activa. Los adultos no se hicieron respetar, y los jóvenes no aprendieron sobre el respeto.

Y los años continuaron su curso. El guardián empezó a perder los dientes, la vista y el vigor. Aún era orgulloso, aún era valiente, aún su sola presencia mantenía el pueblo a salvo; pero ahora estaba encorvado, con frío, sed y hambre. También se hizo presente un deterioro emocional, pues la soledad socava el ánimo y el ímpetu. Su actitud se tornó cenicienta, y dejó de sonreír y de sentirse feliz. No bajaba al pueblo, pues no podía dejar el paso, pero cada día se levantaba de la cama y se sentaba frente a su pequeña casita, mirando hacia abajo, a la falda de la cuesta, esperanzado de que alguien subiera y le trajera algo de alimento, al tiempo que sentía cómo el frío le mordía los dedos y las orejas. Ya no era tan hábil para cazar (aunque seguía siendo diestro trampero), y cada vez eran menos las presas que podía capturar con sus trampas. Seguía con vida sólo gracias a la caridad de dos ancianas: Gloria e Inés.

Gloria subía dos veces al mes, y cuidaba de su aspecto físico: le ayudaba con el baño, le cambiaba el pañal (ya estaba usando pañal a causa de la incontinencia), le cortaba el cabello y le perfilaba la barba. Cada vez que Gloria subía, el guardián parecía recuperar algunos años, pues el aspecto físico influye en el estado mental, y puede ayudar al cerebro a visualizarse más joven y fuerte. Pero a finales de este marzo, Gloria dejó de subir a causa de una fractura en su pierna. Ya no puede realizar esa dura caminata, por lo que el guardián ahora tiene la cabellera larga y repleta de gusanos, y llena de gusanos también están sus axilas, y sus uñas ahora están largas y rotas, y adolorido está su estómago y sus muelas. Es la angustiosa visión de la caída de un héroe.

Inés, quien es un alma bondadosa y empática, creció con las historias del guardián. Sabe de sus necesidades, y por eso le llevaba comida cada tres días. Esa comida era lo único que mantenía al guardián con vida; pero hace poco Inés, a sus noventa años, murió. Pidió por mucho tiempo a su hijo que le ayudara llevándole comida al guardián, pero este último, altanero y perezoso, nunca le hizo caso. Ahora que Inés murió, la suerte del antaño poderoso guardián quedó echada.

Sólo es cuestión de días para que el viejo guardián muera, ya sea por enfermedad, hambre o frío. Se volvió un lastre para las personas allá abajo, igual que a menudo los padres se vuelven una carga para sus hijos (aunque no deba ser así). Cuando envejecen, los padres van perdiendo sus facultades, y los hijos, los malos hijos, sólo buscan deshacerse de ellos. Buscan cuidadores, buscan justificar sus obligaciones familiares con beneficios económicos, buscan librarse de sus responsabilidades porque ven que sus padres ya no les son útiles. Les cuesta acercarse a la vejez porque en vez de perfumes hay hedores, en vez de actividades hay desgastes, en vez de servidumbre hay necesidad, ¡en vez de un protector hay un dependiente! Puedo entender la situación si los ancianos ya no quieren vivir, pero me es incomprensible cuando aún quieren seguir en este mundo y sus hijos no hacen más que demostrarles su molestia y su desprecio. ¡Cuánto egoísmo! ¡Cuánta maldad! ¡Cretinos! ¿Cómo se puede despreciar a los progenitores porque ya no son útiles? ¡Malditos sean los hijos que sólo quieren deshacerse de sus envejecidos padres! ¡Y malditos sean los habitantes de ese pueblo de casas blancas! ¡Merecen todos ser hervidos!

Empero, mi rabia es espantosamente tonta, pues yo sí sé que hay detrás de las misteriosas montañas, y sé contra qué terribles males antediluvianos ha luchado el guardián durante todas estas décadas. Yo conozco aquellas formas antiguas y desenfrenadas que se ocultan y se estremecen entre las heladas brumas. ¿Hordas espectrales? ¿Deidades arruinadas? Esos tontos pronto lo sabrán. Es sólo cuestión de tiempo para que el guardián suelte por fin su hacha grandiosa y lance su suspiro postrero, y entonces aquellos pueblerinos se arrepentirán de su desidia. Las consecuencias de su negligencia les atormentarán, al igual que a los hijos ingratos la muerte de sus padres. ¡Extrañan a sus padres cuando mueren, pero les molesta llevarles un trozo de pan en vida! Aquel sentimiento se llama arrepentimiento, y pesa más que el plomo. Y aquellos necios aldeanos, arrepentidos, lanzarán ruegos a ídolos antiguos, y harán homenajes divinos y tributos de incalculable valor al viejo guardián; pero este último ya no acudirá a su llamado, pues estará descansando en su casita, que está recostada a lado derecho de la garganta entre las frías y enormes montañas.

Cuando el guardián por fin cierre los ojos y entre en el sueño eterno, los gigantes cruzarán el estrecho, aplastarán las casas blancas con sus pies, estallarán los cuerpos entre sus manos y triturarán las carnes con sus dientes. ¡Allí conocerán el arrepentimiento!

FIN