Volver a la torre

Literatura tenebrosa

El Misterio de la Cueva de la Luna

La Cueva Chía, o la Cueva de la Luna, gozó de cierta popularidad durante algún tiempo a causa de un terrible misterio aún sin resolver. El protagonista fue Andrés Petén, un espeleólogo aficionado que descendió a ella años atrás. No se sabrá nunca qué sucedió en aquella cueva con Andrés, pues fue hace mucho tiempo y Andrés ya está muerto. Las versiones aterradoramente coincidentes de los rescatistas lanzan un manto de duda que torna ese extraño acontecimiento aún más inexplicable.

Muchos turistas y varios científicos visitaron la cueva con frecuencia durante los años ochenta. La facilidad del descenso y la poca profundidad (unos treinta metros en vertical) despertaban la fascinación de los visitantes, pues implicaba una “victoria fácil”. Allí eran visibles algunos murciélagos y ciertos insectos, además de pequeñas estalactitas y estalagmitas. Con un buen arnés, poleas y algo de pericia, un espeleólogo novato podía llegar hasta el fondo de la cueva en menos de cinco minutos; pero para el caso de Andrés fue diferente.

Animado por las experiencias de sus amigos, Andrés decidió ir solo a la cueva. Ansioso por demostrar su valía ante sus pares y, gobernado por el ímpetu juvenil que ignora las consecuencias, no tomó ninguna precaución más allá del funcionamiento de sus instrumentos. Ya había descendido cavernas más profundas y de complejidad más alta, por lo que esta excursión era un simple «entrenamiento». Llevó consigo todo lo requerido: casco con linterna, cuerda estática, descensor, mosquetones, anclajes, arnés y botas. Después de algunas horas en carro, llegó a la boca pétrea y negra a mediodía. El calor era gentil y el viento soplaba desde el norte, tornando la experiencia dulce y maravillosa.

Al ingresar, sintió el ya conocido hedor a humedad y guano. El aire estaba un poco viciado, pero era lo normal para una cueva pequeña. Caminó unos pocos minutos por entre las rocas hasta que encontró el socavón que se abría al final del túnel. El abismo tenía por lo menos diez metros de diámetro, lo suficiente para una descolgada sencilla. Revisó su equipo y se dispuso a planificar los dos puntos de anclaje. Tomó un poco de agua, se aseguró el arnés y, después de una última revisión al descensor, se lanzó al vacío. La aventura había iniciado.

Lo que debía ser una pendiente sencilla de menos de cinco minutos se convirtió en un horrible martirio. Al inicio todo fue fácil. Las piedras se encontraban firmes y el equipo funcionaba sin problema. Pero después de pasados los cinco minutos, Andrés empezó a mirar con extrañeza que aún no alcanzaba el fondo de la cueva. Pensó que quizás sus amigos, inexpertos como él, habían calculado de manera errónea la distancia hasta el suelo, así que continuó su bajada por algunos minutos más.

La cuerda, bien marcada, ya daba más de cincuenta metros, y Andrés, ahora nervioso y fatigado, miraba con temor hacia allá abajo, hacia una oscuridad tenebrosa y asfixiante. El fondo todavía no era visible y, por el contrario, el haz de luz de la linterna en su cabeza no parecía chocar con nada en vertical. Sólo eran visibles las paredes del inquietante socavón, que poco a poco se iba ensanchando como un estómago monstruoso.

Para cuando la cuerda dio más de cien metros, Andrés, ahora nervioso, decidió iniciar el ascenso. No deseaba bajar más. Pensó que se había equivocado de socavón, quizás de cueva; pero no estaba dispuesto a arriesgarse a un descenso peligroso estando solo. No obstante, se dio cuenta de que en vez de ascender seguía descendiendo. El bloqueador de pecho, el pedal y el bloqueador manual funcionaban sin problema, pero la cuerda indicaba el aumento de los metros en vez de su disminución, aunque sabía que iba hacia arriba. ¿Acaso estaba delirando? ¿Acaso el equipo estaba defectuoso? ¿Acaso la cuerda estaba mal diseñada? No, siempre había tenido ese equipo; lo había utilizado muchas veces en diferentes expediciones. ¡¿Qué sucedía entonces?!

Andrés gritó con frenesí para pedir auxilio, mientras reposaba un poco para juntar fuerzas. Por fin comprendió la gravedad de la situación. Sus brazos ya hormigueaban a causa del esfuerzo y el arnés apretaba sus piernas suspendidas en medio de tan espeluznante oscuridad. Después de algunos gritos que se perdieron en ecos tormentosos, se limpió las sudadas manos e intentó de nuevo la subida; pero la oscuridad era cada vez más opresiva y la profundidad cada vez mayor. La cuerda y los instrumentos indicaban que seguía bajando, ya más de ciento cincuenta metros, y el incierto fondo seguía invisible.

Entonces los vio, incrustados en las primitivas paredes como si la cueva misma sufriera de viruela. Al principio pensó que eran simples protuberancias comunes en las paredes del socavón, pero después de una inspección más minuciosa vio que el abismo le tenía una sorpresa grotesca: Andrés vio rostros y cuerpos de personas fundidas con la roca podrida, como si la cueva misma los hubiera devorado. Todos los rostros entre las piedras tenían facciones únicas, como el Ejército de Terracota; y todos, sin excepción, mostraban un espantoso padecimiento, como si hubieran sido emparedados vivos. Sus rostros constreñidos eran aún más aterradores a la luz de la linterna, lanzando a la deriva la imaginación del espeleólogo.

Andrés volvió a gritar, espantado, al tiempo que intentaba llegar a la superficie. Pero veía, ahora con toda claridad y lucidez, que los cuerpos entre las rocas eran lo que subían, mientras él seguía el descenso. Y parecían burlarse, reírse de manera sardónica mientras se alegraban por la llegada de un nuevo compañero. Entretanto, del fondo emergía un olor sutil pero particularmente insoportable. El horror sentido por aquel hombre en ese instante fue indescriptible, pero no limitante; pues un terror aún mayor pareció asechar y romper toda resistencia humana.

Agotado y casi rendido, Andrés desistió del ascenso. «Es mejor quedarme a esta altura y esperar ayuda en vez de seguir bajando» pensó con sensatez. Así que se llevó su pito a la boca y empezó a soplarlo con cierta frecuencia, inconsciente del peligro y confiado en una pronta ayuda. El pitido también se perdía entre los ecos lejanos y cavernosos, dando a entender la incomprensible extensión de la cueva. No era la cueva que sus amigos habían descrito, tampoco la cueva de la que hablaban en el círculo de espeleólogos. No, era una cueva diferente, enorme y titánica. Ya la cuerda indicaba más de doscientos metros de profundidad, pero por la distribución del sonido y los ecos lejanos se podía concluir que no era sólo el socavón lo que tenía dimensiones colosales. La cueva completa gozaba de sugerentes desproporciones.

Pero lo que Andrés desconocía era que esa horrible cueva, muerta durante eones, ocultaba misterios de formas extravagantes, horrores de intensidades decrépitas y monstruosidades antinaturales. Y Andrés, aunque ignoraba todo aquello, sintió esos augurios indecibles allá abajo, donde aún no era visible el fondo. Él sabía que se acercaba. Era indudable: algo trepaba por las paredes de la oquedad, famélico y sigiloso. Producía sonidos pausados, cual predador calculando, pero no lo suficiente cauto para engañar al explorador. Andrés empezó a iluminar con la linterna todo su entorno. En las paredes aún permanecían los cuerpos petrificados de aquellos desgraciados, cuales guerreros contra Medusa; pero en el fondo nada era visible.

Aun así, Andrés lo sentía. Algo se acercaba, algo más antiguo que la historia misma. Quizás una monstruosidad arcana que nunca había visto el sol… o la luna. Algo de porte mitológico que reptaba como un depredador omnisciente, desfigurando con su presencia los bordes rocosos y el aire corrupto. ¡Algo milenario trepaba desde el abismo como una bruma hechizada!

El hombre empezó a pitar con todas sus fuerzas. Pero los nervios aflojaron sus labios, por lo que el pito se perdió en las inmedibles profundidades. Entonces, con la náusea en la garganta, empezó a gritar con todas sus fuerzas, rasgando sus cuerdas vocales, mientras, aterrado, miraba abajo, intentando ver «la cosa que subía». La imaginaba con proporciones enormes, una abominación soterrada por millones de años que había inspirado cuentos de terror. O quizás aquella entidad que ascendía no era una criatura, sino la voluntad misma de la cueva, una voluntad presta a fagocitarlo tal y como lo había hecho con los desdichados muertos enquistados en las paredes de roca.

En medio del pánico, Andrés intentó subir de nuevo, y grande fue su sorpresa al ver que la cuerda restaba metros. Hizo otro intento y el resultado fue el mismo. De repente había un poco de esperanza. Así que inició su ascenso, un apresurado y desesperado ascenso, y sintió cómo esa entidad allá abajo parecía alejarse, y vio cómo los cuerpos en las paredes empezaban a descender, tristes al ver cómo su nuevo compañero de infierno los abandonaba. La opresión empezó a mermar, el aire se tornó menos maligno, las paredes del abismo empezaron a apretarse y la cuerda empezó a marcar veinte metros, después diez, después cinco… y entonces vio allá arriba una luz nocturna, blanca y hermosa que parecía colarse por la boca de la enigmática cueva; entonces supo el motivo de su nombre.

Los rescatistas llegaron a la Cueva de la Luna al día siguiente. Un amigo de Andrés dio el aviso, por lo que el cuerpo de bomberos de Chía se apresuró al sitio. Los rescatistas encontraron parte del equipo de Andrés en la boca de la cueva y otra parte en el borde del socavón. Y, para sorpresa y desconcierto de todos, la cuerda que descendía seguía tensa, como una entidad la halara desde el suelo. La mayor parte de la cuerda se encontraba enrollada en el borde, y sólo había veinte metros de ella suspendidos hacia el fondo.

Tres de los mejores rescatistas se apresuraron a bajar, esperando lo peor. El descenso duró menos de tres minutos; pero lo que encontraron allí, al fondo del pequeño abismo, fue una imagen digna de pesadillas. Poco después, los rescatistas subieron y se apresuraron a llamar a las autoridades, incrédulos de lo que allá abajo reposaba. Después de ese caluroso día de enero, la Cueva de la Luna fue clausurada para siempre.

Lo que vieron los rescatistas fue un cuerpo suspendido a diez metros en la mitad del socavón. Era, en efecto, el cadáver de Andrés Petén. Pero la escena tenía ciertos elementos que no encajaban en un accidente, y la disposición del cuerpo fue lo que dio vida al misterio. El cuerpo de Andrés no se encontraba suspendido sobre el arnés en sus piernas, ni en las cuerdas amarradas a su pecho; la cuerda estaba férreamente amarrada alrededor del cuello, produciendo un siniestro sonido de tensión entre las paredes rocosas. El hombre, con los ojos desorbitados a causa del horror vivido, había sido literalmente ahorcado al interior del negro socavón, y esa acción en medio de la nada era imposible sin un tercero implicado.

FIN