Por fin lo vi, y eso era el último empujón que necesitaba para escapar del pueblo. Mañana, a primera hora, abandono Tesalia para volver a Manizales con mi esposa y mis dos hijos. Tengo las maletas empacadas desde hace un mes, pero mi corazón codicioso me ha impedido irme, alimentado constantemente por el deseo de vender la casa del abuelo. Sin embargo, ahora que sé que lo he visto he decidido renunciar a la venta de la propiedad. Debo escapar antes de que Tesalia sea arropado por el mismo terrible hado que maldijo a Villahermosa.
Extraño a mi amada. Extraño dormir abrazado a su cuerpo, desayunar juntos y besar su cabeza. También extraño a los niños, a Luis y a Andrés, con sus ocurrencias y sus frases a media lengua. Me divierte escuchar sus palabras mal pronunciadas y su curiosidad tenaz; una curiosidad que quizás me heredaron. No obstante, a diferencia de una curiosidad infantil, mi ansia de conocimiento me ha llevado por oscuros recovecos que me han dejado exhausto y aterrado. Esa misma curiosidad me ha impulsado a conversar con vecinos, conocidos e incluso desconocidos; todo para intentar descifrar lo que está sucediendo en Tesalia.
¿Cómo lo vi? Fue en el espejo redondo y victoriano, colgado al costado de la cama a la altura de los hombros. Crucé veloz la habitación para acostarme cuando un sentimiento inquieto me obligó a ver por el rabillo del ojo hacia el espejo. Entonces me vi singularmente deformado. Aunque la malformación era leve, la noté de inmediato. Me detuve y volví para ver mi reflejo en el espejo… y allí estaba, perceptible como una vibración interdimensional. Era invisible, translúcido, un ser intangible de esencia incorpórea. No obstante, era inequívoco: allí permanecía, estático, entre el espejo y yo. La mitad de mi rostro se veía un poco borrosa, mientras la otra mitad permanecía nítida. Y sentí su presencia cercana, casi respirando en mi cara... si es que en verdad respiraba. Sentí el crujir débil de la madera del suelo doblarse bajo un peso imperceptible para el ojo humano, y la terrible tensión invadió todos los rincones de la habitación. Permanecí petrificado, en silencio, incapaz de moverme a causa del pánico. Casi podía escuchar los latidos de mi corazón en mi palpitante cabeza, y mi respiración se cortó por completo durante algunos segundos, y esperaba quizás ser poseído, quizás ser devorado, o quizás sufrir un infarto a causa del terror que «eso» me causaba.
Entonces la presencia diose cuenta de que lo sentía, y desapareció, dejando el reflejo definido por completo. La madera del suelo se relajó y la horrenda presión de la habitación se esfumó, tronando el cuarto más luminoso y amplio.
—¡Lo sabía! —exclamé, cual loco hablando con un alter ego. Pero no estaba demente; por el contrario, estaba satisfecho. El verlo y sentirlo me dio la razón. ¡Tenía toda la razón! Mis pesquisas no habían sido en vano y mis deducciones no estaban erradas. Todo encajó en ese tenso instante, y por lo mismo, supe que debía escapar. Hoy mi amigo Carlos me confirmó que mañana me ayudaría a mudarme. Vuelvo a Manizales con mi familia; pero no sólo porque los extraño, tampoco porque la venta de la casa del viejo no haya sido posible; el mayor motivo es el miedo, un helado miedo que sube con precipitación por mi espalda mientras mi cráneo hila todos los incidentes de las últimas semanas; hechos que creo importante narrar con lujo de detalles antes de mi partida.
Primero explicaré el motivo que me llevó a Tesalia. Como quizás ya se puede deducir, mi abuelo murió el año pasado y yo, al vivir cerca del pueblo, quedé encargado de vender la casa. Llegué a Tesalia en enero, después de las ferias. El pueblo no había cambiado mucho respecto de cómo lo recordaba, y seguía desdoblando sus encantos por entre las verdes y hermosas laderas. De niño visitaba mucho al abuelo, por lo que mi presencia allí no era desconocida. Siempre me maravilló la blanca iglesia de cúpulas amarillas y bordes rojizos. También era un deleite caminar por las calles empedradas de casas blancas y techos entejados. Había muchas flores en los balcones, y las montañas andinas salpicadas de cafetales eran la cereza del pastel. El paisaje era hipnótico, tranquilizador y hermoso… lo era para ese momento.
Sin embargo, siempre me causó un molesto escozor la entrada al pueblo, una entrada en medio de toda esa belleza montañosa. A Tesalia se ingresa por un pequeño puente de espolón redondo que se yergue sobre una quebrada llamada «La Vieja». En las cabeceras del puente había dos estatuas: dos gárgolas grotescas con formas peculiares y talladas con un detalle escalofriante. Su escultor había sido a todas luces un gran genio, aunque desconocido, y había sido sin duda un obsesivo maestro con el cincel. ¿Pero por qué había derramado su arte y su esfuerzo en formas tan horrendas? Las facciones pétreas tenían simetrías ridículas, sus alas replegadas simulaban el cartílago, y sus muecas amenazantes impulsaban al escape. La repugnancia y el temor que me producían esas dos estatuas me hizo empatizar por un tiempo con el padre Juvenal, que llegó sólo dos meses después que yo; pero ahora, después de mi investigación, estoy seguro de que fue el padre Juvenal quien con sus erráticas decisiones ha hundido al pueblo en una terrible situación, situación que estoy seguro va a empeorar.
Los primeros días fueron días aburridos. Aunque conocía a mucha gente del pueblo no me sentía en casa. Los locales me trataron muy bien, me ayudaron y me hicieron sentir querido. Empero, la venta de la casa era una empresa en demasía compleja. Nadie quería comprar la casa del abuelo, por lo que mi misión se extendió primero por semanas, después por meses. Los días se volvieron monótonos, la tranquilidad se convirtió en un tedio aplastante, y la presión de los habitantes me obligó a empezar a ir a misa todos los domingos, pues no quería ser la única persona del pueblo que no escuchaba los sermones del padre Miguel.
Miguel era un cura de voz bondadosa, cabellera cana y barba tupida. Sus ojos profundos mostraban cierta bondad y sabiduría. Al principio me mantuve a raya, pero con el tiempo empezamos a conversar más seguido. Fue él quien me explicó que, según las historias antiguas, las gárgolas del puente eran las guardianas del pueblo.
—¿Y de qué nos defienden? —le pregunté en una de nuestras muchas conversaciones.
—No lo sé, joven Pablo —me respondió—. Pero sí sé que siempre han cuidado a Tesalia. En este pueblo hay pocas riñas, causadas por uno que otro arriero borracho. Sin embargo, Tesalia tiene un aire de tranquilidad y calma que nunca percibí en ningún otro pueblo que haya visitado durante mis votos.
Tenía razón. Yo mismo me sentía tranquilo en Tesalia, incluso feliz. Aunque el aburrimiento me abordara de vez en cuando, estaba contento de vivir en ese pueblito oculto entre montañas y bajo un cielo azul y esbelto.
Pero en el mes de marzo el padre Miguel fue llamado por la arquidiócesis, por lo que el padre Juvenal llegó en su reemplazo. La partida del padre Miguel fue sentida por el pueblo, pues con él se fueron años de sabiduría y conocimiento. El contraste entre ambos fue evidente casi de inmediato. El habla pausada de Miguel era la antítesis del afán de Juvenal. Este último era un padre más joven, más jovial, más moderno. Fue notorio su desagrado apenas cruzó por entre las gárgolas, por lo que inició una campaña para trasladarlas o destruirlas.
—Esas imágenes demoníacas no son dignas de un pueblo católico, apostólico y romano —dijo con vehemencia en una de sus primeras misas.
Mas los pobladores no estaban preparados para tantos cambios en tan poco tiempo. A diferencia de las grandes ciudades, los pueblos no se adaptan tan rápido al inquieto cambio del mundo. La comunidad está compuesta por familias que se conocen desde hace generaciones, y muchas quieren seguir viviendo con la misma dinámica. Además, no toda innovación debe ser adaptada, aceptada e implementada. No siempre todo cambio es bueno. La zona de «confort» es una zona creada con tiempo, esfuerzo y dedicación, por lo que escapar de ella no es siempre la mejor solución. La meta de todos los humanos es la creación de un ambiente que nos traiga calma y tranquilidad. ¿Por qué echar a la basura nuestra paz por un azote esporádico del tedio? Puedes incomodarte, puedes ampliarla; pero no es necesario abandonarla. Sólo se debe salir de esta zona si ya no es de «confort».
«Si estoy bien, ¿para qué cambiar?» es el pensamiento de muchos de los pobladores de Tesalia y de muchos otros pueblos cercanos. Esto hizo que los planes del padre Juvenal se frenaran en seco, por lo que empezó a tener un enfoque más pausado.
Las próximas misas fueron más ajustadas a los locales. El padre, muy diligente, dejó su ego a un lado y empezó a conocer a sus feligreses. Se volvió amigo y compañero de muchos, y empezó a ganarse el agrado del pueblo. De repente, algunos empezaron a cuestionarse sobre las estatuas, pues los pensamientos del padre pasaron a ser propios. En verdad eran miedosas, incluso siniestras. Sus inmóviles y amenazantes formas parecían mostrar alevosía hacia un dios extraño. Y en la noche, desde el otro extremo del puente, las siluetas negras de las estatuas formaban una imagen vulgar que bordeaba lo atroz. Ciertamente parecía un pueblo endemoniado con custodios abominables en vez de un hermoso pueblito cafetero.
Con las palabras del padre Juvenal resonando en las mentes de los habitantes, filtrándose como el agua entre las rocas, aconteció lo inevitable: ya convencidos por las palabras del padre, varios feligreses se dieron a la tarea de cincelar las gárgolas para destruirlas o trasladarlas. Juvenal, según me enteré, quiso reemplazarlas por estatuas de bellos ángeles. La idea no era descabellada, y estoy seguro de que las acciones del padre eran bondadosas, pero ignorantes.
Yo mismo estuve esa mañana de domingo, cuando varios hombres llegaron con herramientas para quitar las estatuas. Aunque Juvenal se encontraba con nosotros, noté su duda, como si una palpitación interna entrara en conflicto con los acontecimientos en curso; pero ya era demasiado tarde. Los hombres estaban listos, prestos, incluso ansiosos por utilizar sus martillos.
Me acerqué a una de las petrificadas moles y la detallé por última vez: de nariz afilada y con los dientes apretados, al punto de simular su quiebre. Aunque parezca irracional, parecía molesta, indignada de que la forzaran a salir de su firme garita. Mostraba al mundo su ira pétrea. Parecía deseosa de seguir custodiando la entrada a Tesalia con uñas y dientes y espantar los merodeadores etéreos que los mortales desconocíamos. No obstante, su bronca expresión no sirvió de nada, pues los feligreses las aniquilaron con martillos, y las quitaron del pequeño puente de espolón redondo, y dejaron desprotegido al pueblo sin siquiera saberlo.
Puedo jurar que en ese momento sentí un frío vaho emerger de los lindes de los bosques que rodeaban Tesalia, como si miles de criaturas respiraran entre los troncos gruesos y los espesos ramajes. Temblé de temor apenas bajaron la segunda gárgola y la montaron en un Jeep. Algo extraño había ocurrido, extraño y tenebroso. A mi cabeza llegó una idea aterradora: Tesalia había perdido sus guardias, y ahora estaba al alcance de una ralea inmunda al mando de un maligno Demiurgo que asechaba por los alrededores.
Insisto en que las acciones del padre Juvenal estaban completamente justificadas. Aunque debo admitir que pienso que estaba un poco embriagado de sí mismo, creo que sus actos eran genuinos y su objetivo era el bien de sus seguidores. Aun así, no me cabe ninguna duda de que el traslado de las gárgolas fue una decisión terrible.
A partir del día siguiente, ese lunes, las flores de los balcones empezaron a morir, presas de un hálito críptico e invisible que parecía cargar la putrefacción. Los pétalos coloridos empezaron a caerse, y el verdor de los tallos se tornó pardo. Y sólo tres días después de remover las estatuas un joven arriero llamado Juan le quitó el brazo de un machetazo a Alfonso, su hermano menor de tan sólo quince años. La mutilación fue mortal. Ese intolerante y lamentable evento fue el inicio de una seguidilla de desdichas.
Fueron las bestias las primeras en sentir el cambio. Las mulas se frenaban antes de cruzar el puente, y evitaban a toda costa entrar al pueblo. Los gatos, siempre astutos, empezaron a maullar por la noche, y de los varios que había allí quedaron unos pocos; sólo los de pelajes oscuros y ojos verdes. El resto de los gatos escaparon a las veredas cercanas, espantados por lo que podían ver y nosotros no. Los caballos que cruzaban por el centro de Tesalia corcoveaban y se encabritaban, y las vacas bramaban y se alejaban de las periferias y de los lindes de los bosques que trepaban alrededor del pequeño pueblo. Pero el comportamiento más atípico fue el de los perros, incluyendo a mi querido Cacerolo. Cacerolo era un perro criollo, de pelaje dorado y trompa negra. Vivía en la calle, y desde que llegué al pueblo me recibió con tierno sentimiento. Me voleó la cola y bajó sus orejas para que le acariciara la cabeza. Sus ojos negros y profundos mostraban un infinito amor, y sus ademanes de sumisión denotaban una devoción y un afecto inconmensurable hacia los humanos. El perro había sido pateado por un caballo, por lo que había perdido la movilidad de una de sus patas. Caminaba cojo, y en ocasiones lloraba si le tocaban la extremidad herida, pero el animal se veía feliz. Siempre que me veía se acercaba con su caminar accidentado. Parecía no importarle su dolor; sólo quería darme la bienvenida.
Él, al igual que los otros perros del pueblo, se negaron a irse y escapar; quizás llevados por su infinito amor hacia sus amos y conocidos. Entonces empezaron a acercarse cada vez más hacia el centro de Tesalia, y empezaron a rondar la iglesia. Parecía que se sentían más a gusto al borde del templo. Allí, alrededor de la monumental iglesia, el influjo opresivo y el aire asfixiante que se esparcía por el pueblo como un mal viento parecía alivianarse un poco. El aire era menos viciado, menos denso y menos terrorífico. Yo veía todos estos cambios claros como el agua, pero nadie más parecía notarlos. Entre conversaciones informales lanzaba preguntas para conocer los pensamientos de los habitantes. Disfrazaba dudas con relatos externos o acontecimientos específicos para invadir sus conocimientos. Pero ninguno parecía saber nada, o notar nada. A excepción de algunos sentimientos de amargura o inconformidad, los locales simplemente lanzaban culpas al exterior.
—Esos animales se hacen tercos con el tiempo —dijo un cafetero.
—Eso es el clima —dijo una señora.
—A mí me alegra que Tesalia no cambie como esas ciudades grandes —dijo otro hombre. Parecían ciegos a los acontecimientos posteriores al levantamiento de las gárgolas. Ninguno mencionaba la ruina creciente de su ambiente, la fuerte irritabilidad, la humedad que empezaba a trepar por las antes bellas paredes blancas, las flores marchitas, la necedad de las bestias, la gran cantidad de manifestaciones extrañas y grandes estremecimientos. Nada. Era una ceguera que considero selectiva, que se alimentaba del miedo a concluir que el cambio ya había llegado, y había llegado para mal. Fue a finales de mayo cuando tuve la pesadilla. ¡Esa horrible pesadilla! Ya durante días había sentido extrañas presencias en el interior de la casa. Y hablo de presencias porque, por disparatado que parezca, sabía que no era una sola. No puedo determinar de qué se trataba: ¿quizás fantasmas de criollos que murieron en la guerra? ¿Quizás mulatos que perecieron de agotamiento entre las cadenas? ¿Quizás indígenas que cayeron bajo el infortunio de la peste? No sé si eran hombres o mujeres, niños o ancianos; pero algo en mí me hace pensar que son almas en pena que vinieron de los bosques y cruzaron el puente, y ahora habitan en Tesalia de forma siniestra, metafísica y con tintes oníricos. Y los imagino hambrientos como las ávidas tumbas en tiempos de guerra, deseosos de algo que desconozco e ignoro. Cuando abrí los ojos vi, aterrado, una presencia oscura con huecos como ojos que me miraba casi hasta tocar su frente conmigo. Parecía estar sobre la cabecera de la cama, mirándome con detenimiento en medio de un silencio perturbador, un silencio tan pesado que casi formaba ecos. La habitación rebosaba de sombras voluptuosas y terribles, causando en mí imágenes locas e inverosímiles visiones. No podía moverme, al tiempo que esa espantosa aparición me decía: «¡Te veo!». No podía gritar, ni pedir auxilio, ni sacudirme para sacármelo de encima.
—¡Te veo! —escuché de nuevo con voz chillona e irritante. Era como si de repente me hubiera buscado por años o por décadas, y por fin me había encontrado. Sentí que él había logrado pasar de plano hasta finalmente poder ver a los vivos. ¡Verme a mí!
Yo mugí, como si permaneciera amordazado. Y él volvió a decir con voz helada y chillona esa aterradora frase, cada vez más rápido: «¡Te veo! ¡Te veo! ¡Te veo! ¡Te veo! ¡Te veo!». Hasta que sus sílabas se fundieron en una mezcla horrible e indescifrable. Al tiempo, mi cabeza empezaba a sentir el chirrido como una punzada terrible. Abrí por fin los ojos, después de padecer unos instantes eternos y angustiosos. No había presencia alguna en mi habitación y las sombras voluminosas habían desaparecido. Una jaqueca terrible empezó entonces a abordarme, cual punta contra mi cráneo, y un sudor frío bajaba por mis sienes y empapaba mi cabello. Fue una horrible pesadilla, y pudo quedarse sólo en eso, en una simple pesadilla; pero ya mi cerebro orquestaba un cúmulo de ideas que intentaba entrelazar, y desde ese momento vi con ojo agudo todo lo que estaba ocurriendo en Tesalia, pues mi bisabuela había vivido en Villahermosa, y yo conocía por buena fuente lo ocurrido allí. Después de esa pesadilla empecé a percibir con más detalle las actividades extrasensoriales. Noté con más frecuencia el sonido de la madera del suelo de la habitación y escuché pasos aun cuando nadie caminaba. Percibí el aliento cercano en mi cuello, el indeleble husmear y el frío del viento con las ventanas cerradas. Incluso, en una ocasión, escuché en mitad de la callada noche un sonido tétrico: el sonido de una cuerda que poco a poco se tensaba. Esto me produjo un estremecimiento perturbador y profundo. ¿Tortura o patíbulo? No quiero saberlo. Y mientras caminaba por el pueblo vi el callar de la gente y la inquietud de las mascotas. Mi pobre Cacerolo empezó a sufrir de sarna, una enfermedad que engulló sus patas y se posó de manera insana en su lomo, cual demonio cabalgando al pequeño perro. Cuando caminaba por el centro me miraba de lejos, y me boleaba la cola. Se notaba la gran felicidad al verme en sus ojos cada vez más azulados; pero ya no venía a mis pies. Sólo me miraba a lo lejos, recostado y adolorido contra la blanca pared de la iglesia. Ahora era yo quien me acercaba y, sin asco, le acariciaba la cabeza y el cuello. Él, cada día más ciego, echaba las orejas hacia atrás y me lamía la mano. En agosto, las misas empezaron a hacerse más extensas y frecuentes. El padre Juvenal empezó a dar homilías cada vez más rebuscadas, pues, aunque la biblia es extensa, no da para tantos sermones. El sacerdote se veía cansado, incapaz de satisfacer una feligresía cada vez más exigente. Las ancianas fueron las primeras en empezar a quedarse casi todo el día en la iglesia, pero no pasó mucho tiempo para que gran parte del pueblo fuera a la iglesia inmediatamente después del desayuno. Sólo salían para ir a almorzar y en horas de la noche. Sin saberlo, todos ellos escapaban del aliento maldito que se propagaba por las vacías y empedradas calles. Todos se sentían más tranquilos en el interior de la iglesia, pues el templo parecía calmar sus frágiles e inquietos espíritus. Aun así, nadie parecía ver lo que sucedía. Desesperado por esta absurda ceguera, empecé a contarle a los aldeanos lo ocurrido en Villahermosa, empecé a decirles que sentía espíritus en la casa del abuelo (lo que hundió por completo la venta de la casa), y sobre el extraño comportamiento de los animales, incluido mi querido Cacerolo. Pero sólo recibí mofas y explicaciones absurdas.
—El perro ya está viejo y está enfermo —me dijo don Armando, un vecino muy amable y cercano a mi familia—. Pronto va a volverse senil y va a morir —añadió para mi desconsuelo.
Al escuchar tales respuestas, decidí que no movería un sólo dedo para salvar el pueblo, un pueblo cada vez más devoto, más enceguecido, más hostigante y más arruinado. Llegó septiembre, ventoso y frío. Esa mañana me acerqué al perrito, como siempre lo hacía. Cacerolo, casi ciego por completo y ya sin poder levantarse del suelo, sintió que me acercaba. Entonces sucedió lo inevitable: mi amado amiguito me gruñó, me mostró los dientes y encogió el hocico.
—¡Soy yo, Cacerolo! —le dije, sorprendido y angustiado. Pero el perro continuó gruñendo. Pensé que los dolores finalmente habían vencido el amor, o la senilidad de la que habló don Armando había llegado y había arrebatado sus recuerdos. Pero no era eso, pues vi, aterrado, que de su hocico se desprendía un vapor rojizo y maligno, al tiempo que mostraba sus encías podridas y sus dientes en ademán agresivo. Era obvio para mí que Cacerolo ya estaba poseído, al igual que el perro de doña Graciela, que la había mordido sólo días atrás, y el perro negro de la vereda de Laureles, que había convulsionado y fallecido de repente frente a dos niños. Me alejé lentamente, apesadumbrado porque había perdido a mi amigo fiel a causa de un asedio invisible y terrorífico. Ese mismo día alisté mi maleta, pues sabía que mi tiempo allí debía terminar lo más pronto posible. Sólo tres días después el pequeño Cacerolo murió. Lo encontraron a dos cuadras de la iglesia. Al parecer, Cacerolo sólo permanecía vivo por su cercanía al templo, y en el momento que decidió alejarse la vida también se alejó de él. Los dejo. Dejo a Juvenal con su feligresía, a don Armando y a doña Graciela, al fratricida de Juan y la amable María. Y también me despido de don Ernesto, del viejo Hernando, de la tendera rubia y de doña Luisa, de quien puedo afirmar que tiene una sazón más que increíble. Mañana cruzo la quebrada «La Vieja» para volver a los brazos de mi esposa. A todos los dejo a su suerte, en medio de este antaño bello pueblo, ahora maldito y deformado, lleno de espejismos y acosos antinaturales. Espero estar equivocado y que sea mi curiosidad y mi imaginación las que están defectuosas, y que todo en Tesalia siga siendo como siempre ha sido; pero la razón me dicta que estoy en lo correcto, y que esta situación rara, digna de un culto envenenado, es lo suficientemente poderosa para engullir hasta el valor del héroe más noble. Ahora bien, ¿qué sucedió en Villahermosa hace poco más de cien años? Esos acontecimientos son los que me hacen temer por el pueblo de Tesalia, pues según las narraciones de mi bisabuela y mi abuela, la ruina de Villahermosa empezó de manera muy similar a los acontecimientos presentes. El pueblo de Villahermosa quedaba a pocos kilómetros de Tesalia, cruzando la quebrada y subiendo hacia el sur por la vereda Laureles. Se erguía entre las montañas verdes y nubladas del eje cafetero. Sus bellas casitas tenían muros blancos y estilo colonial, y su hermosa iglesia despuntaba en la parte alta, coronando el cielo y dominando imponente el extenso horizonte. Estaba rodeado de bosques, igual que Tesalia, y sus habitantes eran tranquilos y vivían una vida humilde y alegre. Pero no eran gárgolas las que custodiaban Villahermosa. Para este caso era la estatua de un hermoso ángel que permanecía en la plaza principal. El artista también era desconocido, y quizás era un loco, pero mi bisabuela afirmaba que la estatua rivalizaba en estética con las
marmóreas obras de Rafael Monti y Miguel Ángel Buonarroti. Pero la estatua era muy antigua y necesitaba mantenimiento, por lo que la trasladaron a Pereira. Después de ese traslado, dice mi bisabuela, Villahermosa se vino abajo por culpa de, al parecer, un puñado de misteriosos fantasmas que azuzaban a las bestias y espantaban de noche a los niños. Los rumores se multiplicaron en pocos días. Los infantes tenían los miedos revueltos, al tiempo que lloraban y argumentaban sentir presencias extrañas y disformes que los rozaban con levedad. Uno de ellos aseguró en una ocasión que una entidad invisible lo empujó escaleras abajo. Por fortuna, el niño alcanzó a sostenerse del barandal y el ataque no pasó a mayores. Las pesadillas se esparcieron por todas las cabezas, los animales empezaron a perecer a causa de enfermedades y posesiones, y las calles se inundaron de imágenes tramposas y silencios profundos. La iglesia se convirtió en el único sitio agradable del pueblo. Quienes empezaron a dormir entre sus muros dejaron de experimentar los malos sueños y las tortuosas jaquecas. En el interior del templo eran evaporados el estrés y la tensión. Cada vez más locales decidieron irse del pueblo o refugiarse en la iglesia, saliendo sólo para alimentarse… pero este último hábito también empezó a cambiar. Entonces vino una secuencia de atrocidades obsesivas, llevadas por un miedo profundo que trituraba la razón. Los pocos hombres que se atrevían a salir de la iglesia se negaron a hacerlo. Las casas y los comercios se volvieron vacíos aposentos custodiados por algo (o alguien) invisible y tenaz. Los rezos diarios empezaron a verse acompañados del hambre y la sed; pero el miedo a salir de la iglesia era más fuerte que los retortijones de los estómagos vacíos. El culto se había obsesionado, devorándose a sí mismo. Al tiempo, Villahermosa vaciaba sus últimas casas, dejando al pueblo a merced de quién sabe qué espectro. Las casas empezaron a arruinarse, los ruidos de los animales terminaron y los llantos infantiles cesaron. Cuando las autoridades llegaron a Villahermosa y se dirigieron a la iglesia, encontraron una escena podrida y digna de Dante: tendidos en el suelo, cuales malignas y desnutridas marionetas, permanecían quienes habían decidido quedarse en Villahermosa, en su mayoría ancianos y niños de rostros famélicos y cuerpos descarnados. ¡Todos, sin excepción, habían muerto a causa del hambre! ¡Te dejo, mi querida Tesalia, antes que tu iglesia me aprisione y me sea imposible salir! ¡Me escapo antes de que estos siniestros fantasmas me lleven, apaleado por el terror, hacia las puertas del templo! Estos últimos días he sentido con más fuerza el llamado de la iglesia. Mi inquietud al caminar por las silenciosas calles del pueblo me irrita, me asusta y me lanza con vehemencia al refugio católico. El impulso de encerrarme entre los muros blancos del templo es cada vez más fuerte, más latente, más delirante. La pareidolia me invade, pues veo rostros inmundos en los muros y tras las lustrosas ventanas, y veo cabecitas bamboleantes asechando en las esquinas. ¡Me voy, Tesalia, antes de que el horror me impida salir de aquí!